Experiencia: ¿Somos racistas?

15, abril, 2015
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   Propuesta para fomentar la concordia y la tolerancia entre la población escolar.

   Esta actividad, diseñada y realizada por dos profesores de Sevilla, se propone como una actuación más dentro de la labor tutorial, en un esfuerzo por fomentar la concordia entre las diferentes nacionalidades y etnias que componen la población docente de los centros educativos. Leer el resto de esta entrada »


Experiencia: ¿Somos racistas?

15, abril, 2015

¿Somos racistas?
   Propuesta para fomentar la concordia y la tolerancia entre la población escolar
   Esta actividad, diseñada y realizada por dos profesores de Sevilla, se propone como una actuación más dentro de la labor tutorial, en un esfuerzo por fomentar la concordia entre las diferentes nacionalidades y etnias que componen la población docente de los centros educativos.
   ¿Qué es el racismo? Un error muy frecuente en el que se suele caer es considerar el racismo únicamente en su dimensión más exaltada y violenta, cuando la realidad es que lo peligroso es no atajar ese primer racismo inicial que se manifiesta en pequeñas acciones, comentarios u opiniones.
   Podemos diferenciar entre lo que denominaremos como el afortunadamente minoritario racismo activo frente al racismo pasivo o ideológico, y que contra lo que puede parecer en un principio, es bastante más habitual de lo que sería deseable. En el primero de los casos, encuadraríamos todas aquellas manifestaciones xenófobas y actos violentos, como agresiones, insultos o asaltos a intereses de extranjeros. Como estas acciones son perseguidas por la Ley, nos vamos a centrar en ese segundo racismo pasivo, que debe ser combatido desde los centros educativos mediante la concienciación de los alumnos, evitando así que se produzca, a la larga, el paso a la siguiente fase de xenofobia.
   Por todo ello, lo primero que debemos hacer en la actividad en el aula es identificar esos posicionamientos de racismo pasivo, para poder reeducar a los alumnos. Nos encontraremos que muchos de ellos admitirán que no tomarían parte en actos violentos contra los inmigrantes, aunque no aceptarían, por ejemplo, que un inmigrante viviera junto a ellos o se casase con un familiar.
   ¿Por qué no podemos ser racistas?
   Aunque en principio debería darse por supuesto que nadie, con sentido común, debería ser racista, conviene recordar lo que la sociedad espera de nosotros como ciudadanos. Por ello, se presenta la respuesta a la interrogante planteada en una triple dimensión: legal, social y moral.
   Antes que nada, hay que explicar a los alumnos que la xenofobia, como cualquier otra discriminación, está prohibida por la Ley. En otras palabras, aquellos que tienen posicionamientos racistas están haciendo algo ilegal. Pero además, la Ley no diferencia entre racismo activo o pasivo, sino que castiga actos concretos. Alguien puede pensar que, como nunca va a agredir a un extranjero, no tiene nada que temer. Es muy común la expresión yo no tengo nada contra ellos, pero nunca contrataría a ninguno. Bueno, pues hay que hacerles ver a los alumnos que eso es también reprobable y, por lo tanto, punible, pues se trata de discriminación laboral.
   El segundo argumento para evitar planteamientos racistas es la sociedad, o mejor dicho, lo que se espera de nosotros como ciudadanos responsables. La xenofobia no está bien vista en una sociedad democrática y de derecho, como es la nuestra. Por lo tanto, la sociedad demanda de nosotros que actuemos de forma respetuosa con los inmigrantes, no únicamente permitiendo su integración, sino favoreciendo su aceptación como miembros de pleno derecho en nuestro país.
   Finalmente, el último razonamiento para combatir el racismo es el sentido común. Moralmente, toda persona que se pare a pensar sobre las causas de la xenofobia, encontrará que no hay excusa posible para justificar ese odio hacia los inmigrantes. Es posible hacérselo ver a los alumnos con ejemplos sencillos: Cuando una persona de raza negra sangra, ¿de qué color le sale la sangre? ¿verde?, entonces será que todos somos iguales. Con estos sencillos argumentos, demostrando que todos los humanos reímos, lloramos y tenemos la misma sangre, intentaremos mostrar que las posibles diferencias están infundadas. Además se debe conducir el debate a los inmigrantes de honor, como los deportistas o científicos a los que rara vez se les mira el color de su piel, ni se cuestiona la religión que profesan. Seguramente, los alumnos que ya han demostrado planteamientos xenófobos pasivos, justificarán sus posturas alegando que no es lo mismo el caso de esos futbolistas nigerianos que juegan en primera división, que los inmigrantes de las pateras. En nuestro culto a los mitos, estamos dispuestos siempre a renunciar a nuestras ideas (ya sean positivas o negativas), para aceptar sin tapujos algo que nos beneficie (por ejemplo, un racista puede aceptar a un fichaje estrella, aunque este sea extranjero). Entonces surgirá la cuestión de la posible conflictividad de los inmigrantes, presuponiéndoles una mayor comisión de delitos, por lo que habrá que debatir sobre cuáles son las verdaderas razones que llevan a la gente a la delincuencia, como son la pobreza o la falta de expectativas.
   El complejo de anfitrión
   Llegados a este punto, en el que algunos alumnos pretenderán justificar la xenofobia como reacción a la supuesta conflictividad de los inmigrantes, convendría centrar la discusión en lo que esperamos de los extranjeros que vienen a nuestro país. Es muy común encontrarse comentarios relativos a la falta de adaptación a nuestras costumbres, presuponiendo que un inmigrante (o incluso un turista) debe tener un comportamiento ejemplar, por la simple razón de estar como invitado en nuestro país. Es como si en nuestra casa estuviéramos recibiendo visitas, y esperamos de ellos que tengan un comportamiento exquisito. Sin embargo, no somos conscientes de que en casa, cuando no están los invitados, ponemos los pies sobre la mesa, vestimos más informales o nos recostamos desenfadadamente en nuestro sofá. Algo similar sucede con los extranjeros, a los que exigimos una actitud que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de tener en nuestro propio país. Antes de acusar a los inmigrantes de un comportamiento inadecuado, deberíamos reflexionar sobre el nuestro: si respetamos las normas, si tenemos un comportamiento cívico y respetuoso con los demás o incluso algo tan sencillo como evitar causar molestias al prójimo con nuestras acciones. Aunque parezca exagerado, eso es precisamente lo que les exigimos a veces a los inmigrantes: nos quejamos de que tienen la música demasiado alta, o que no nos ceden el paso al conducir, como si nosotros, por ser los anfitriones, tuviéramos más derechos que ellos. E incluso, exigiéndoles algo que ni nosotros mismos hacemos. Por tanto, debemos de dejar de ser hipócritas y no pedirles a los inmigrantes que se comporten incluso mejor que nosotros mismos. Para ser un buen anfitrión, nada mejor que actuar de modo ejemplar.
   Es un argumento muy común la famosa afirmación de “vienen a quitarnos nuestro trabajo”, sin reparar en el hecho de que no existe un trabajo nuestro o de ellos. Viviendo en un mundo capitalista, las oportunidades se ofrecen a quien las sepa aprovechar. Es una especie de ley de adaptación en la que triunfan los mejor posicionados. Nosotros hemos creado estas reglas del juego, y no podemos modificarlas a nuestro antojo. Hay que transmitir la idea a los alumnos que nuestra sociedad no tiene algo reservado para los nativos, ni que los extranjeros se lo tienen que ganar. En este mundo, TODOS tenemos que ganarnos algo: nuestro futuro. Nadie nos roba nada, tan sólo se trata de que nosotros mismos no hemos sabido alcanzarlo. Si un extranjero tiene más ganas de trabajar que nosotros, o está más preparado, lo lógico es que encuentre un empleo con mayor facilidad. En nosotros está superarnos constantemente.
   El mestizaje y el desarrollo de las sociedades
   Quizá sea buena idea hacer un pequeño repaso por la Historia de algunos países, para comprobar que la inmigración les ha convertido en lo que ahora son. España, sin ir más lejos, es el resultado de la llegada y mestizaje de muchos pueblos: fenicios, griegos, cartagineses, romanos, suevos, vándalos, alanos, visigodos o musulmanes (sirios, árabes, almohades, almorávides y demás), sin olvidar las muchas veces que hemos sido invadidos posteriormente o los viajeros que pasaron por aquí, y cuya huella ha quedado en muchos apellidos (Domecq, Osborne, Garvey, o los castellanizados McMillan por Millán o Martin por Martín). ¿Alguien ha visto a un ibero o un celta de pura sangre? Somos el resultado de todas esas mezclas que durante siglos han configurado lo que somos. Ni más ni menos que en cualquier otro país. Estados Unidos, por ejemplo, no sería nada sin la mezcla de culturas que la inmigración ha propiciado: holandeses, ingleses, irlandeses, alemanes o italianos. Basta con leer las letras de crédito de una película de Hollywood para comprobar que, por los apellidos, se confirma esa afirmación. El mestizaje ha permitido el engrandecimiento de los pueblos, y prueba de ello es que los más desarrollados son los más mestizos. Pero ese mestizaje no se puede realizar si no se acepta la inmigración.
   Histórico, cultural y latente
   El racismo más habitual no es aquel que responde a unos condicionamientos coyunturales (como puede ser una afluencia masiva de inmigrantes), sino el que se mantiene como una constante en la historia de un país, y que está fuertemente enraizado en la cultura popular transmitida de padres a hijos. En España, por ejemplo, son varios los colectivos objeto de rechazo constante, aunque hipócritamente encubierto. Los gitanos, por ejemplo, son el caso más sintomático. Es frecuente la afirmación Yo no soy racista, pero no me gustan los gitanos. Esta contradicción no es vista como tal por quien suele pronunciar estas palabras. No se considera racismo el rechazo contra los gitanos porque culturalmente ha sido una constante. No caemos en la cuenta de la hipocresía que resulta que precisamente quien realice esas manifestaciones, puede ser admirador de Camarón, de Lola Flores o de Antonio Canales. Pero, como en el caso de los futbolistas o los cantantes negros, los artistas están excluidos de sentimientos de rechazo por parte de estos racistas culturales, que se dejan llevar por un sentimiento transmitido durante generaciones.
   Quizá otro colectivo que ha sufrido una marginación histórica hayan sido los marroquíes. Sorprenderá sin duda que la palabra moro no tiene por qué ser despectiva. Es simplemente la forma en que en España nos hemos referido durante siglos a los musulmanes. De hecho, incluso los propios musulmanes se han llamado a sí mismo moros. En Filipinas (que no podemos olvidar que perteneció a España), se llamó moros a los musulmanes, e incluso en la actualidad un grupo guerrillero musulmán de Filipinas se llama a sí mismo Frente Moro de Liberación Nacional, e igualmente moros fueron llamados por los norteamericanos después de 1898 (cuando España perdió las islas). Por tanto, el carácter despectivo no lo imprime la palabra, sino el tono en que se pronuncie.
   Pero no deja de ser sintomático que, a pesar del rechazo ancestral hacia los moros (entendiendo con ello a los musulmanes del norte de África, especialmente), hay que encuadrarlo en el contexto histórico en que se originó. Durante los siglos XIX y XX, las constantes guerras de África hicieron que las madres y novias españolas vieran cómo los soldados españoles partían para luchar contra los moros. Y como la cultura se transmite fundamentalmente en el seno materno-filial, es lógico que los tintes despectivos hacia la palabra moro se fueran transmitiendo igualmente. Sin embargo, ¿hasta qué punto ese racismo latente es real? Es posible que únicamente sea un recuerdo cultural, como el gusto por el aceite de oliva. De hecho, quizá el racismo hacia los gitanos y los moros sea por herencia histórica, y se asuma como un patrón cultural más, algo tan español como el aceite de oliva, la paella o el toro de Osborne. Y como prueba de esto último, baste decir que tras los atentados de Atocha, la gente siguió yendo a comprar al veinteduros del moro del barrio. No hubo rechazo a los musulmanes, no se produjeron asaltos ni agresiones. El moro, el de toda la vida, es otra cosa, y eso lo tenemos perfectamente claro. Tan claro, como el rechazo de muchos hacia los gitanos, en abstracto. Tan abstracto, que no nos impide ir a conciertos de flamenco, o comprar discos de los cantaores de moda. Sin duda, porque el rechazo al gitano se debe más a miedo que otra cosa. Yo no soy racista, pero no quiero a un gitano cerca, es algo que estamos demasiado acostumbrados a escuchar. Sin embargo, ¿no será que quien dice eso, es porque le da miedo tener a un gitano cerca? Durante generaciones, las madres españolas han transmitido historias de terror sobre los gitanos, por lo que es lógico que forme parte de la cultura. Es la labor de los docentes acabar con esos mitos. Y llegados a este punto, nada mejor que conducir el debate en el aula hacia una reflexión de hechos concretos que justifiquen ese racismo pasivo de los alumnos. ¿Qué les han hecho a ellos en concreto? Que cuenten, si pueden, algo en primera persona. Comprobaremos lo difícil que es justificar ese racismo cultural.
   Ejercicios de empatía
   La clave del éxito de toda enseñanza es la empatía, y por ello nada mejor que intentar que los alumnos se pongan en el lugar de los rechazados y discriminados para comprender su trauma. ¿Nos podemos imaginar un mundo en el que nosotros fuéramos los perseguidos? Hay varias películas que abordan esta cuestión, y aunque en un principio pensamos en El planeta de los simios o Alien Nation por resultar de interés para los alumnos, el modo tan subliminal con que se aborda el tema haría que muchos de ellos no entendieran con claridad el mensaje. En su lugar, hemos elegido la película Atrapado, dirigida por Desmond Nakano e interpretada, entre otros, por John Travolta. En ella se analiza ese mundo al revés, en los que los blancos son la clase rechazada en una sociedad dominada por los negros.
   Consideramos que el debate que pueda surgir tras esta película puede ser la culminación para intentar transmitir la idea de la convivencia, el respeto y la integración, abandonando mitos infundados de rechazo al prójimo. Sin duda, se rechaza lo desconocido. A lo mejor debemos preocuparnos en conocer un poco más a los demás, para dejar de ser anfitriones o, en todo caso, dejar de tratarlos a ellos como invitados.
   Juan Manuel Covelo López, profesor de Educación Secundaria, y Ángeles Lozano Serrano, profesora de Artes Plásticas y Diseño
   Con la autorización de: http://comunidad-escolar.pntic.mec.es
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