Pinceladas pedagógicas

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   San Juan Bosco, cuya fiesta se celebra el 31 de enero, fue un maestro ejemplar y un pedagogo clarividente. Gran conocedor de los problemas que aquejan a la juventud de su época, consagró su vida a la educación. Una de las más claras muestras de la categoría de pedagogo está en sus sistema educativo preventivo, en contraposición a la represión que muchos educadores coetáneos suyos practicaban.

   El sistema preventivo aplicado en la educación consiste en dar a conocer a los educandos las normas y reglamentos a que deben someterse y, a continuación, controlar discretamente su comportamiento, servirles de guía en toda circunstancia y corregirles con amabilidad cuando incumplen lo acordado. De esta forma tiene menos ocasiones de faltar.

   El método represivo, basado en el castigo a los transgresores, puede impedir un desorden, más con dificultad hace mejores a los que delinquen. La experiencia nos dice que los educandos no se olvidan de los castigos desproporcionados, absurdos e injustos que se les aplica y que, por lo general, conservan animadversión, acompañada del deseo de sacudir el yugo de la autoridad. El sistema preventivo, por el contrario, gana al educando, el cual ve en el educador a un bienhechor que le avisa, desea hacerle bien y librarle de los sinsabores y sanciones.

   Todos somos conscientes de lo mucho que ha progresado la pedagogía. La pedagogía moderna es pulida, está reglamentada al detalle y parece de máxima eficiencia. Muchos parecen satisfechos ante un progreso educativo tan grande. Pero si nos atenemos a las cruentas guerras mundiales, regionales o civiles, a los graves conflictos sociales, a la vulneración reiterada de derechos humanos fundamentales y a la profunda crisis de valores en el último siglo, hay que reconocer y admitir que los resultados de la susodicha pedagogía han sido desilusionantes y disconformes con los fines que de ella se esperaban.

   Si bien es cierto que todavía hay muchos niños que son víctimas de malos tratos físicos y psíquicos, debemos felicitarnos de que los métodos represivos y el autoritarismo hayan ido desapareciendo en la escuela, en la familia y en la sociedad. Pero, si antieducativos son la violencia y la rigurosidad, no lo es menos el irresponsable “dejar hacer” sin límites ni frenos a los educandos, basándose en el respeto a una libertad mal entendida y peor usada. En pedagogía, tan nefasto puede ser el rigor como la blandenguería.

   Son muchos los educadores que piensan que la pedagogía moderna falla por su base: no cuenta con la naturaleza humana, se olvida que ésta está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia y al sufrimiento, e inclinada al mal. Dicho en términos cristianos: se olvida del pecado original. La pedagogía preventiva de San Juan Bosco si lo tuvo en cuenta.

   Existe una manera de educar que se realiza con lasitud, con aspavientos y con demasiadas debilidades y contemplaciones. Hay otra atmósfera: la de la solidez, la autoridad, la disciplina y el orden. Esta es una educación que se apoya en base firme; aquélla está basada en cimientos falsos. En la base de toda educación hay que colocar la verdadera noción del hombre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza inclinada al mal produce graves errores en el dominio de la educación, de las costumbres y de la acción social y política. Todo progreso pedagógico realizado sobre una noción vital del hombre completamente sano y libre de tendencias dañosas corre graves riesgos de fracaso.

   Los niños y los adolescentes tienen un tanto por ciento de bondad pero también otro tanto por ciento de maldad. Es un error contar sólo con el tanto por ciento de bondad, como han venido pregonando muchas escuelas pedagógicas modernas imbuidas de resabios roussonianos. Los educadores deben conocer el porcentaje de bondad y el tanto por ciento de maldad de cada uno de sus educandos. Y apoyados en ese conocimiento han de educarles en el vaivén del sí y del no, de la dulzura y la energía, del premio y el castigo, del perdón y la severidad.

   Educar es una tarea combativa y destinada a debilitar el mal y vigorizar el bien; es formar hombres y mujeres libres, no en el sentido de dejar que cada cual obre como le venga en gana, sino en la verdadera posibilidad de practicar el bien. Y no se trata de forzarles a obrar en un sentido o en otro, sino de dejarles libres de trabas para que puedan escoger lo que es moralmente bueno. Se es más libre en la medida que se está más cerca de la verdad, tanto en el orden del conocimiento como en el de la acción. Se actúa tanto más libremente cuanto mayor sea la correspondencia entre la conducta y la auténtica moral impresa en la naturaleza de cada persona o descubierta en la búsqueda de la verdad honestamente perseguida.

   Resolver bien las antinomias autoridad-respeto, disciplina-libertad, orden-confianza, obediencia-personalidad es muy difícil, pero es el único camino para educar con eficacia. Como escribió mi buen profesor y excelente educador, F. Armantia: “En pedagogía, ni palo seco ni azúcar cande”. Y, “más vale prevenir que curar”.
   José María Arroyo. Profesor de EGB jubilado.

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