Aprendizaje de la decepción

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    Otro elemento importante es el modo en que los niños van superando las primeras crisis de entidad que se presentan en su vida. Si las superan bien, se enfrentarán de manera mucho más optimista a las siguientes. En cambio, los niños que han vivido situaciones críticas crónicas o mal resueltas tienden a sufrir fracasos semejantes más adelante.

    —¿A qué te refieres con lo de las crisis mal resueltas?

    Los sentimientos de fracaso o de decepción, cuando no se saben asumir, tienden a mantenerse fijos en la memoria, parpadeando como un señuelo perturbador. Y en vez de aportar una experiencia, siempre aleccionadora, hacen que se apodere de la mente una idea negativa sobre uno mismo o sobre los demás.

    —¿Y la solución?

    Quizá aprender a hacer las paces con uno mismo. En muchos casos, con sólo aceptar serenamente el error, se esfuman los fantasmas del fracaso y puede llegarse a muchas enseñanzas útiles. Es preciso hacer frente al abatimiento o al enfado, reconducir nuestros pensamientos y, de esa manera, acabar reconduciendo también nuestros sentimientos. El hecho de hacer frente a los pensamientos negativos va disipando los estados de ánimo pesimistas, y con el esfuerzo sostenido, día a día, esto acaba convirtiéndose en un hábito. Cuando una persona logra transformar el fruto del fracaso en una herramienta que forja su persona y la templa, hace entonces un descubrimiento tremendamente liberador.

    Como ha señalado José Antonio Marina, hay dos tipos de razonamientos peligrosos a la hora de afrontar un fracaso. El primero es éste: «Si procuro hacer las cosas bien, me irá bien; como lo cierto es que me va mal, no lo estoy haciendo bien». Conclusión: depresión y culpabilidad.

    Y el segundo es análogo: «Si procuro hacer las cosas bien, me irá bien; estoy haciendo las cosas bien, pero me va mal. Luego el mundo es injusto». Conclusión: cólera e indignación.

Una de las claves
de una buena
educación sentimental
es aprender a asumir el fracaso.

    En este punto influye de modo decisivo el sentido que cada uno haya querido dar a su vida. Como subrayó Martin Seligman al término de los estudios a que antes nos referíamos, puede decirse que durante las últimas décadas hemos asistido en bastantes ambientes a un ascenso del individualismo y a un cierto declive de las creencias religiosas y del soporte moral proporcionado por la familia y la sociedad, y eso ha supuesto la pérdida de toda una serie de recursos útiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida que uno cuente con una perspectiva más amplia –como la creencia en Dios o en la vida después de la muerte–, los fracasos quedan inscritos en un contexto distinto, mucho más resistente al abatimiento y la desesperanza.

    Cuando se saben enmarcar las cosas en su justo contexto, se comprende que el hombre sólo fracasa realmente cuando fracasa como persona: ése es el verdadero y profundo desengaño, el que convierte en una tragedia la propia vida. No hay nada más frustrante que experimentar éxito en lo exterior cuando lo que hay en el propio interior sólo produce sonrojo y vergüenza.

    Capacidad de concentración

    Cuando una persona atraviesa una crisis importante en su vida (por ejemplo, ante problemas familiares o profesionales graves, o ante enfermedades serias), experimenta en su propia carne lo difícil que resulta mantener la atención en las tareas habituales del trabajo o el estudio.

    De la misma manera, cualquier persona que haya padecido una depresión sabe también cómo, en esa situación, los pensamientos autocompasivos, la desesperación, la sensación de impotencia o de desaliento, son tan intensos que dificultan seriamente cualquier otra actividad.

    De modo más general, cuando una determinada situación emocional dificulta la concentración, observamos que disminuye notablemente nuestra capacidad de mantener en la mente toda la información relevante para la tarea que llevamos a cabo, y no logramos pensar con claridad.

    En el extremo opuesto de esa dificultad para fijar la atención, está lo que podríamos llamar concentración: un estado de olvido de uno mismo en el que la atención se absorbe por completo y se focaliza tanto que se ciñe casi sólo a la estrecha franja de percepción relacionada con la tarea que estamos llevando a cabo.

    —Tal como lo dices, es parecido a una obsesión.

    La diferencia es que la preocupación obsesiva produce desasosiego, mientras que con la concentración nos encontramos serenos y absortos en lo que hacemos.

    Como ha señalado Daniel Goleman, la concentración nos hace entrar en una especie de oasis en el que, una vez en él, con poco esfuerzo de voluntad mantenemos un alto rendimiento. Nos encontramos entregados a una tarea, sin pensamientos intrusivos que nos distraigan. Es un estado en el que hasta el trabajo más duro puede resultarnos entretenido y gratificante, en vez de extenuante y agotador. Y por eso tiene importantes consecuencias en la educación, por ejemplo, de niños o adolescentes.

    —Sí, pero no toda concentración es buena: pueden estar muy concentrados en algo inútil, o incluso en algo perjudicial.

    En efecto. Muchos de ellos, por ejemplo, pasan bastante tiempo aburriéndose en actividades como ver televisión horas y horas cada día, lo cual apenas les reporta nada positivo ni pone a prueba sus habilidades. Pero si logramos que descubran la satisfacción que produce entregarse a una tarea que estimule su capacidad y les haga sentirse comprometidos con algo que les ponga a prueba y les lleve a desarrollar nuevas áreas de su talento, entonces habrán entrado en el ciclo de la motivación.

Deben lograr habituarse a
concentrar la atención
en tareas que supongan
un desarrollo exigente
de sus capacidades.

    De lo contrario, quedará muy limitado el alcance de las tareas intelectuales de que podrán disfrutar en el futuro, pues les resultarán desproporcionadamente áridas e ingratas.

    Para lograr una mejora en este punto, han de esforzarse en no depender en exceso del bienestar, no ser personas que se abaten enseguida ante las pequeñas molestias o incomodidades, o ante el esfuerzo físico. Han de aprender a concentrarse en lo que deben hacer, aunque les exija permanecer de pie bastante tiempo, o sentarse en un lugar poco cómodo, o aguantar en una situación de cierta tensión.

    En ese sentido, resulta muy positivo encontrar tareas y habilidades que fortalezcan su capacidad de concentrarse y de proponerse objetivos. Tareas en las que él vea que rinde, en las que se sienta seguro, satisfecho, estimulado: tocar un instrumento musical, aprender idiomas, desarrollar un deporte, interesarse por la historia o la pintura, aficionarse a la astronomía, el bricolaje, la fotografía, etc. De esta manera, lograrán cada vez una mayor independencia respecto a las inercias que podríamos llamar corporales, y así podrán después proponerse y alcanzar otros proyectos vitales más serios.

    Alfonso Aguiló.  Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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