Desconfianzas y elogios hacia los sentimientos

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    Por todas partes encontramos juicios contradictorios sobre la afectividad. Desconfiamos y al tiempo elogiamos el sentimiento. Vemos que si las emociones se apoderan de nuestra persona, nos traicionan; pero que tampoco es solución ser personas sin sentimientos.

    Desde los primeros tiempos de la historia del pensamiento, los platónicos, los estoicos, los cínicos, los epicúreos y otras muchas de aquellas primeras escuelas filosóficas anduvieron preocupados con las pasiones, los deseos y los sentimientos, sin saber bien qué hacer con todos ellos: si erradicarlos, educarlos, olvidarlos, atemperarlos o arrojarse en sus brazos.

    Nuestras experiencias afectivas son con frecuencia complejas, o confusas, y eso nos hace sentirnos inquietos y desorientados, sobre todo mientras no sabemos darles una explicación.

    —Pero las cosas no se arreglan simplemente con darles una explicación.

    No se arreglan automáticamente, pero con una buena explicación de lo que nos pasa podemos avanzar mucho. Profundizar en nuestros sentimientos, ser capaces de distinguir unos de otros, y poder así darles sus verdaderos nombres, hace que podamos relacionar nuestra experiencia con todo un gran saber que ya hay acumulado en torno a esas realidades.

    Es algo parecido a lo que sucede en la medicina: si analizando determinados síntomas somos capaces de identificar una enfermedad, a partir de ahí las cosas se hacen mucho más fáciles. No porque la enfermedad deje de existir con sólo ser diagnosticada, sino porque el diagnóstico permite anticipar unas cosas y dar por supuestas otras, y eso normalmente supone avanzar mucho.

    Volviendo un poco a la historia, vemos que, durante milenios, la humanidad ha desconfiado de los deseos y los sentimientos. En el Tao-Te-Ching de Lao-tsê puede leerse: «No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos.»

    Para la ética griega, por ejemplo, la proliferación de los deseos era radicalmente mala. El aprecio de aquellos hombres por la libertad les hacía desconfiar de todo tipo de esclavitud, también de la afectiva, y por eso muchos de ellos ensalzaron tanto la ataraxia (imperturbabilidad), y algunos incluso la apatheia (apatía, falta de sentimiento): como los deseos pueden producir decepción, llegaron a pensar que lo mejor era prescindir de ellos.

    En nuestro tiempo, en cambio, la forma de vida occidental lleva a una fuerte incitación del deseo. Es una tendencia en buena parte impulsada por la presión comercial para incentivar el consumo, y quizá también por la velocidad de las innovaciones tecnológicas y por el propio desarrollo económico.

    —O sea, que no tenemos término medio: de la antigua abominación del deseo hemos pasado a una exaltación que puede llevarnos a la ansiedad.

    En cierto modo, sí. Y lo malo es que en algunas personas, esa búsqueda de la satisfacción del deseo es tan impaciente que olvidan un poco que –como hemos visto– la capacidad de aplazar la gratificación es decisiva para el comportamiento libre y el desarrollo afectivo inteligente.

    Quizá por eso Aristóteles insistía en que la paideia, es decir, la educación, era sobre todo educación en el deseo. Y Chesterton, con su lucidez habitual, decía que el interior del hombre está tan lleno de voces como una selva: recuerdos, sentimientos, pasiones, ideales, caprichos, locuras, manías, temores misteriosos y oscuras esperanzas; y que la correcta educación, el correcto gobierno de la propia vida consiste en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad, y otras no. De nuevo estamos ante un problema de discernimiento y equilibrio.

    Confiar en la fuerza de la educación

    Cuando un sentimiento monopoliza la vida afectiva de una persona en un determinado momento y le impulsa con gran fuerza a actuar de una determinada manera, ese sentimiento se convierte en una pasión. Por eso, cuando los sentimientos amorosos son muy intensos y dominan a una persona, se habla más bien de pasiones amorosas. Lo mismo ocurre con la envidia, el odio, la desesperanza o la agresividad: pueden ser un sentimiento o una pasión, según la intensidad y el efecto que produzcan en la persona.

    Por su parte, los deseos están antes y después de los sentimientos. Los deseos engendran sentimientos, pero también pueden ser engendrados por ellos. Por ejemplo, un deseo frustrado puede provocar un sentimiento de furia, y ese sentimiento engendrar después a su vez un deseo de venganza.

    Por otra parte, los deseos reciben energía de los sentimientos que les acompañan. A su vez, no es lo mismo tener deseos que proyectos, puesto que puedo sentir deseos de cosas que nunca proyectaré realizar. Todo proyecto suele ser consecuencia de un deseo, pero no todos los deseos llegan a concretarse en proyectos. A veces incluso es difícil saber qué deseos hay detrás de un determinado proyecto personal, igual que a veces es difícil saber por qué nos gusta lo que nos gusta, o por qué nos disgusta lo que nos disgusta.

    Entre el sentimiento y la conducta hay un paso importante. Por ejemplo, puedo sentir miedo y actuar valientemente. O sentir odio y perdonar. O estar agitado interiormente y actuar con calma.

En ese espacio
entre sentimientos y acción
está la libertad personal.

    —Pero esa decisión se produce en parte en ese momento concreto y en parte antes, pues depende de cómo somos, de nuestro carácter.

    Se decide en parte entonces y en parte a lo largo de todo ese proceso previo de educación y autoeducación. A lo largo de la vida se va creando un estilo de sentir, y también un estilo de actuar.

    Por ejemplo, una persona miedosa siente miedo porque se ha acostumbrado a reaccionar cediendo al miedo que espontáneamente le producen determinados estímulos, y esto ha creado en él un hábito más o menos permanente. Ese hábito le lleva a tener un estilo miedoso de responder afectivamente a esas situaciones, hasta acabar constituyéndose en un rasgo de su carácter.

    De la misma manera, la compasión, la dureza de corazón, la seguridad o la inseguridad, el tono vital optimista o pesimista, la curiosidad inquieta o la indolencia, la agresividad o la tolerancia, son también estilos sentimentales que se van configurando.

    Los estilos de sentir y de actuar están íntimamente relacionados, pues siempre hay sentimientos y deseos que preceden, acompañan y prosiguen a cada acción. Hay personas incapaces de dominar un deseo, y otras, por el contrario, incapaces de desear nada. Es preciso encontrar un equilibrio, porque ambos extremos generan estados sentimentales y comportamientos muy problemáticos.

    —¿Y cómo piensas que puede lograrse ese equilibrio?

    Trabajando a partir de lo que somos ahora mismo. No podemos cambiar nuestra herencia genética, ni nuestra educación hasta el día de hoy.

Pero sí podemos pensar
en el presente y en el futuro,
con una confianza profunda
en la gran capacidad de
transformación del hombre
a través de la educación.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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