Establecer contacto personal

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    «Yo veía –me contaba con cara seria David, un chico de quince años, refiriéndose a uno de sus profesores– que aquel hombre lo pasaba realmente mal en nuestra clase.

»Y entonces me acordé de que ese profesor nuestro tendría mujer, y seguramente hijos. Y pensé en ellos, en que probablemente le estarían esperando esa noche para cenar, y le llamarían de tú, y le darían un beso al llegar a casa. Tenían este padre grandote y cansado, digno de todo cariño, al que nosotros estábamos impacientando y despreciando con aquel barullo.»

    Según le iba escuchando, pensaba en la notable capacidad que tenía David para observar y reconocer los sentimientos de otros. Aquel chico, a quien ya conocía de tiempo atrás, tenía un sorprendente talento para comprender lo que sucedía en el interior de las personas, y eso le hacía ser muy sociable. Era de esas personas con las que resulta agradable estar porque su destreza emocional hace a cualquiera sentirse bien a su lado.

    Y pensaba en que las personas que son así tienen una valía especial, pues pueden influir muy positivamente en los demás. Son aquellos a quienes todos se dirigen cuando necesitan un consejo, unas palabras de consuelo o un rato de conversación. Era evidente que David lograba establecer enseguida un contacto personal con cualquiera. ¿A qué se debía?

    No resultaba fácil saberlo, pues era algo muy sutil, un conjunto de cualidades un tanto misteriosas, que se manifestaban en su forma de saludar, en el tono de voz que empleaba, en el modo de interesarse por un detalle personal, en una mirada que despierta un sentimiento de cercanía y de conexión, que hace al interlocutor sentirse bienvenido y valorado. Pero, sobre todo, David reconocía muy bien cómo se sentían las personas.

    —¿Y cómo se desarrolla esa capacidad?

    Desarrollando la capacidad de observación, y siendo capaces asociar esos sentimientos que vemos en los demás a unos determinados gestos, comentarios, expresiones faciales, tonos de voz, tipos de reacciones, etc., que también observamos simultáneamente en ellos.

    —Pero eso suena un poco a obsesión psicológica por catalogar a la gente, ¿no?

    No se trata de eso. Puede y debe ser algo muy natural. Por ejemplo, hay personas que parecen no tener apenas capacidad para darse cuenta de si su cónyuge, su hijo, su padre, su compañero, su vecino, o quien sea, tienen buena o mala cara. ¿Por qué? Porque quizá nunca se fijan en la cara que los otros ponen, o porque van un poco a lo suyo, o no se les ocurre prestar atención a eso.

    Cuando se pone un poco de interés, pronto se distingue con claridad que la cara que trae hoy es la de disgusto (o de alegría radiante). O que esa sonrisa forzada indica sutilmente que no le ha hecho ninguna gracia la broma que le han hecho. O vemos que ha torcido el labio como hace siempre que empieza a enfadarse. O que esas ojeras y la palidez de la cara revelan una larga noche de insomnio. O que ese otro silencio, o esa significativa ausencia, indican una determinada situación de crisis interior.

    Es preciso aprender a interpretar los rostros. Nuestra cara y nuestros ojos reflejan misteriosamente nuestro estado interior, y almacenan una enorme carga de información, de innumerables sentimientos y motivaciones. A medida que avancemos en ese aprendizaje emocional, cada vez lograremos interpretar mejor los sentimientos que embargan a una persona, e iremos sabiendo mejor cómo comportarnos ante ella, e incluso cómo prever esos sentimientos. Esto último es especialmente importante, pues podremos saber con bastante exactitud, por ejemplo, cuándo una persona está a punto de enfadarse, o, mejor, qué es lo que le puede molestar, y qué es lo que le puede alegrar o tranquilizar.

    En cambio, las personas que desarrollan poco esa habilidad para captar y transmitir emociones suelen tener problemas, pues despiertan fácilmente la incomodidad de los demás. Y lo más doloroso para ellas es que –precisamente por su incapacidad para reconocer los sentimientos de los demás– no logran entender bien por qué los otros se molestan.

    Por ejemplo, saber ajustar el tono emocional de una conversación es una habilidad extraordinariamente importante en las relaciones humanas, y muestra de un control inteligente y profundo de la propia vida emocional. Es una habilidad que algunos poseen en alto grado de modo innato (igual que otros nacen más dotados para determinados deportes, o para el ritmo musical, o para actuar en público), pero está claro que son habilidades que cualquiera puede desarrollar poco a poco, con esfuerzo, motivación y tiempo.

Las personas más dotadas
para las relaciones humanas son aquéllas
que observan los sentimientos de los demás,
saben reconocerlos,
saben preverlos
y saben estimularlos positivamente.

    Talento social

    Es la hora del recreo en la guardería y un grupo de niños está corriendo por el patio. Varios tropiezan, y uno de ellos se hace daño en una rodilla y comienza a llorar. Todos los demás siguen con sus juegos, sin prestarle atención…, excepto Roger.

    Roger se detiene junto al chico que ha caído, le observa, espera a que se calme un poco, y después se agacha, frota con la mano su propia rodilla y comenta, con un tono comprensivo y conciliador: «¡vaya, yo también me he hecho daño!».

    Esta escena es observada por un equipo investigador que dirigen Tomas Hatch y Howard Gardner, en una escuela norteamericana.

    Al parecer, Roger tiene una extraordinaria habilidad para reconocer los sentimientos de sus compañeros de guardería y para establecer un contacto rápido y amable con ellos. Fue el único que se dio cuenta del sufrimiento de su compañero, y también fue el único que trató de consolarle, aunque sólo pudiera ofrecerle su propio dolor: un gesto que denota una habilidad especial para las relaciones humanas y que, en el caso de un preescolar, augura la presencia de un prometedor conjunto de talentos que irán floreciendo a lo largo de su vida.

    Al término de su estudio sobre el comportamiento infantil en la escuela, estos investigadores propusieron una clasificación de las habilidades que reflejan el talento social de una persona:

·         Capacidad de liderazgo, es decir, de movilizar y coordinar los esfuerzos de un grupo de personas. Es una capacidad que se apunta ya en el patio del colegio, cuando en el recreo surge un niño o una niña –siempre los hay– que decide a qué jugarán, y cómo; y que pronto acaba siendo reconocido por todos como líder del grupo. 

·         Capacidad de negociar soluciones, o sea, de mediar entre las personas para evitar la aparición de conflictos o para solucionar los ya existentes. Son los niños –también los hay siempre– que suelen resolver las pequeñas disputas que se producen en el patio de recreo. 

·         Capacidad de establecer conexiones personales, esto es, de dominar el sutil arte de las relaciones humanas que requieren la amistad, el amor o el trabajo en equipo. Es la habilidad que acabamos de señalar en Roger: son esos niños que saben llevarse bien con todos, que saben reconocer el estado emocional de los demás, y suelen ser por ello muy queridos por sus compañeros. 

·         Capacidad de análisis social, es decir, de detectar e intuir los sentimientos, motivos e intereses de las personas. Son los niños que desde muy pronto se sitúan sobre cómo son los demás compañeros o profesores, y demuestran una intuición muy notable.

    El conjunto de esas habilidades –que, insistimos, son al tiempo innatas y adquiridas– constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal, y es el ingrediente fundamental del encanto, del éxito social y del carisma personal.

    Como ha señalado Daniel Goleman, esas personas socialmente inteligentes saben controlar la expresión de sus emociones, conectan más fácilmente con los demás, captan enseguida sus reacciones y sentimientos, y gracias a eso pueden reconducir o resolver los conflictos que aparecen siempre en cualquier interacción humana. Muchos son también líderes naturales, que saben expresar los sentimientos colectivos latentes y guiar a un grupo hacia el logro de sus objetivos. Son, en cualquier caso, el tipo de personas con quienes resulta agradable estar porque hacen siempre aportaciones constructivas y transmiten buen humor y sentido positivo.

    —Pero habrá personas con gran éxito social, muy populares, pero que están insatisfechas por dentro, supongo.

    Sin duda, pues las habilidades sociales no deben ser un fin en sí mismas, sino un medio para hacer el bien, a uno mismo y a los demás. Si una persona busca ese éxito en sus relaciones humanas quebrantando los valores morales o traicionando sus principios, podrá ser un experto en causar buena impresión (en expresión de Mark Snyder, será un auténtico camaleón social), pero fracasará rotundamente en su vida personal.

    Algunas personas caen en ese error como consecuencia de un deseo excesivo –a veces patológico– de ser querido y apreciado por todos. Ese deseo les lleva a aparentar de continuo lo que no son, y, en esa enfermiza carrera por ganarse el afecto de los demás, caen en una especie de mercantilismo emocional. Son personas que pueden llegar a tener una imagen excelente, pero unas relaciones personales muy inestables y poco gratificantes.

    Alfonso Aguiló.  Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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