Ser buena persona

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    «Ese chico –me decía un profesor refiriéndose a un alumno de once años, de apariencia simpática y despierta– es realmente un chico muy listo.

    »Lo malo es que no tiene buen corazón. Le gusta distraer a los demás, meterles en líos y después zafarse y quitarse él de en medio. Suele ir a lo suyo, aunque, como es listo, lo sabe disimular. Pero si te fijas bien, te das cuenta de que es egoísta hasta extremos sorprendentes.

    »Saca unas notas muy buenas, y hace unas redacciones impresionantes, y tiene grandes dotes para casi todo. Lo malo es que parece disfrutar humillando a los que son más débiles o menos inteligentes, y se muestra insensible ante su sufrimiento. Y no pienses que le tengo manía.

    »Es el más brillante de la clase, pero no es una buena persona. Me impresiona su cabeza, pero me aterra su corazón.»

    Cuando observamos casos como el de ese chico, comprendemos enseguida que la educación debe prestar una atención muy particular a la educación moral, y no puede quedarse sólo en cuestiones como el desarrollo intelectual, la fuerza de voluntad o la estabilidad emocional (ninguna de ellas faltaba a aquel chico).

Una buena educación sentimental
ha de ayudar, entre otras cosas,
a aprender, en lo posible,
a disfrutar haciendo el bien
y sentir disgusto haciendo el mal.

    En nuestro interior hay sentimientos que nos empujan a obrar bien, y, junto a ellos, pululan también otros que son como insectos infecciosos que amenazan nuestra vida moral. Por eso debemos procurar modelar nuestros sentimientos para que nos ayuden lo más posible a sentirnos bien con aquello que nos ayuda a construir una vida personal armónica, plena, lograda; y a sentirnos mal en caso contrario. Porque, como ha señalado Ricardo Yepes, podría decirse que

La ética es la ciencia que nos enseña
—entre otras cosas–
a sentir óptimamente.

    Y, vista así, se convierte en algo quizá mucho más interesante de lo que pensábamos.

    —Pero a veces hacer el bien no será nada atractivo…

    Es cierto, y por eso digo que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral, pero los sentimientos no siempre son guía moral segura.

    Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincero, eso sin duda le ayudará. Igual que si se siente molesto cuando es desleal, o egoísta, o perezoso, o injusto, porque eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que otros argumentos.

Es importante educar
sabiendo mostrar con viveza
el atractivo de la virtud.

    En cambio, si una persona no lucha contra sus defectos, y se entrega sin ofrecer resistencia a cualquier requerimiento del deseo, llegará un momento en que se oscurecerán en él hasta los valores y creencias más claras, y entonces quizá apenas sienta disgusto al obrar aun las mayores barbaridades.

Los sentimientos
no son guía segura en la vida moral,
pero hay que procurar
que vayan a favor de la vida moral.

    —¿Entonces, con una óptima educación de los sentimientos, apenas costaría esfuerzo llevar una vida ejemplar?

    Está claro que de modo habitual costará menos. De todas formas, por muy buena que sea la educación de una persona, hacer el bien le supondrá con frecuencia un vencimiento, y a veces grande. Pero esa persona sabe bien que siempre sale ganando con el buen obrar. En cambio, elegir el mal supone siempre autoengañarse. Citando de nuevo a la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro, «no se pueden ocultar las falsedades, las mentiras; o, mejor dicho, se pueden ocultar durante algún tiempo, pero después, cuando menos te lo esperas, vuelven a aflorar, y ya no son tan dóciles como en el primer momento, cuando eran aparentemente inofensivas; y entonces ves que se han convertido en monstruos horribles, con una avidez tremenda, y ya no es tan fácil deshacerse de ellos.»

    Los errores en la educación sentimental suelen producir errores en la vida moral, y viceversa. Y eso sucede aunque los errores sean sinceros.

Los errores sinceros,
no por ser sinceros
dejan de ser errores,
ni de dañar a quien incurre en ellos.

    El sentimiento inteligente

    De la misma manera que la inteligencia humana logra sacar del petróleo energía para que los aviones vuelen, o consigue producir luz eléctrica a partir del agua embalsada, también la inteligencia puede y debe actuar para obtener lo mejor de nuestra vida sentimental.

    Pensemos, por ejemplo, en un sentimiento de miedo que nos está empujando a actuar cobardemente y traicionar nuestros principios. Ante ese estímulo, quizá deseamos claudicar, pero, al tiempo, queremos sobreponernos y superar el miedo. Ese doble nivel supone una doble incitación, una doble llamada, un doble obstáculo: de nuevo vemos que unos valores sentidos nos llaman desde nuestro corazón, y unos valores pensados desde nuestra cabeza.

    Ante ese dilema, decidimos. Y, al hacerlo, entregamos el control de nuestro comportamiento a una u otra instancia: a la cabeza o al corazón. Lo propiamente humano es actuar de acuerdo con los dictados de sus valores pensados, aunque en algunos casos esos valores estén inevitablemente enfrentados al sentimiento.

    —Hablas de dar prioridad a la cabeza sobre el corazón: ¿eso no conduce a estilos de vida fríos y cerebrales, ajenos a los sentimientos?

    No se trata de partir al hombre en dos mitades: la cabeza y el corazón. Es preciso integrar cabeza y corazón, y el hecho de que la inteligencia tutele la vida sentimental no quiere decir que deba aniquilarla. Al contrario, la inteligencia –si es verdaderamente inteligente, y perdón por la redundancia– debe preocuparse de educar los sentimientos; no dedicarse a apagarlos sistemáticamente, sino a estimular unos y contener otros, según sean buenos o malos, adecuados o inadecuados.

    Por ejemplo, la indignación puede ser adecuada o inadecuada. Ante una situación de injusticia grave que presenciamos, lo adecuado es sentir indignación, y si no es así, será quizá porque no percibimos esa injusticia (y esa ignorancia puede ser culpable), o porque percibimos la injusticia pero nos deja indiferentes (quizá por una mala insensibilidad, o por falta de compasión y de sentido de la justicia), o porque incluso nos alegra (en cuyo caso hay odio o envidia).

    Sentir indignación ante la injusticia es algo positivo. Lo que probablemente ya no lo será es que esa indignación nos lleve a la furia, la rabia o la pérdida del propio control.

    —Entonces, ¿cuál es la misión de la inteligencia en la educación de los sentimientos?

    Debemos utilizar los afectos –vuelvo a glosar a José Antonio Marina– como utilizamos, por ejemplo, las fuerzas de la naturaleza. No podemos alterar las mareas, ni el viento, ni el encrespamiento del oleaje, pero podemos utilizar su fuerza para navegar.

    El viento, la marea, el oleaje, las tormentas, etc., son como las fuerzas de los sentimientos espontáneos: surgen sin que podamos hacer nada por evitarlos, al menos en ese momento. Gracias a la inteligencia, podemos hacer que nuestra vida tome un determinado rumbo afectivo, con objeto de llegar al puerto de destino que buscamos. Para lograrlo, es preciso contar con esas fuerzas irremediables de nuestra afectividad primaria, pero sabiendo emplearlas de modo inteligente. El manejo del timón y nuestra habilidad con el juego de las velas es como la guía que la inteligencia ejerce sobre los sentimientos a través de la voluntad.

    Una inteligente educación de los sentimientos y de la voluntad hará que sepamos adónde queremos ir, escojamos la mejor ruta, preveamos en lo posible las inclemencias del tiempo, y manejemos con pericia nuestros propios recursos para hacer frente a los vientos contrarios y aprovechar lo mejor posible los favorables.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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