Autoestima y afán por mejorar

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    El hombre puede y debe aspirar a mejorar cada día a lo largo de su vida.

Y una buena forma
de progresar en autoestima
es avanzar en la propia mejora personal.

    Una tarea que siempre enriquece nuestra vida y la de quienes nos rodean.

    —Pero nunca se llega a ser perfecto, y entonces ese intento tiene que acabar produciendo frustración…

    No debe confundirse el ideal de buscar la propia mejora con un enfermizo y frustrante perfeccionismo. Querer aproximarse lo más posible a un ideal de perfección es muy distinto de ser perfeccionista, o de embarcarse en la utópica pretensión de llegar a no tener defecto alguno (o en la más peligrosa aún, de querer que los demás tampoco los tengan).

    El hombre ha de enfrentarse a sus defectos de modo humilde e inteligente, aprendiendo de cada error, procurando evitar que sucedan de nuevo, conociendo sus limitaciones para evitar exponerse innecesariamente a situaciones que superen su resistencia. Así, además, comprenderá mejor los defectos de los demás y sabrá ayudarles mejor. Su corazón tendrá, como escribió Hugo Wast, la inexpugnable fortaleza de los humildes.

    La tarea de mejorarse a uno mismo no debe afrontarse como algo crispado, angustioso o estresante. Ha de ser un empeño continuo, que se aborda en el día a día, de modo cordial, con espíritu deportivo, conscientes de que habrá dificultades, y conscientes también de la decisiva importancia de ser constantes. Esa actitud hace al hombre más sereno, con más temple personal. Las contrariedades ordinarias le afectarán, pero habitualmente serán turbulencias superficiales y pasajeras. Y las posibles desgracias, de las que no se ve libre ninguna vida, no producirán en él heridas profundas.

    —Antes decías que la excesiva exigencia puede afectar a la autoestima. Pero no sé si será peor la excesiva  indulgencia con uno mismo.

    En efecto. Por ejemplo, la enseñanza básica de algunos países occidentales se esforzó durante las dos o tres décadas pasadas en fortalecer la autoestima de los alumnos prodigando alabanzas incluso cuando los resultados eran desoladores. Se trataba, ante todo, de no desanimar, con idea de que, educando así, esas personas tendrían en el futuro muchos menos problemas, porque su elevada autoestima les impediría tener un comportamiento antisocial.

    Los resultados –la terca realidad– está haciendo que sean cada vez menos los especialistas que creen que ése sea un buen método pedagógico. Es más, la falsa autoestima puede causar mucho más daño. Una educación empeñada en no culpabilizar nunca a nadie, y empeñada en que cualquier opción puede ser buena, hace que las personas acaben parapetándose tras sus opiniones y sus actos y se hagan impermeables al consejo o a cualquier crítica constructiva, puesto que toda observación que no sea de alabanza la recibirán negativamente.

El exceso de autoindulgencia,
el alabarlo todo,
o relativizarlo todo,
suele conducir a más patologías
de las que evita.

    Decir a los hijos o a los alumnos que nos parece bien lo que es dudoso que esté bien, o que hagan lo que les parezca mientras lo hagan con convicción, o cosas por el estilo, acaba por dejarles en una posición muy vulnerable, pues se sentirán tremendamente defraudados cuando al final choquen con la dura y terca realidad de la vida.

    Como ha señalado Laura Schlessinger, es mejor basar la autoestima en logros reales, en hacerles pensar en los demás y procurar ayudarles, en hacer cosas que sean verdaderamente útiles. No se trata de hacerles cavar zanjas, alabar ese trabajo, y luego volver a taparlas.

Se trata de avanzar
en el camino de la virtud,
de dejar de lamentarse tanto
de los propios problemas,
y tomar ocasión de ellos
para forjar el propio carácter.

    Sentimientos de insatisfacción

    Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento.

    Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos. Sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que muchas veces no saben explicar bien por qué motivo.

    En algunos casos, esa insatisfacción proviene de una dinámica de consumo poco moderado. Llega un momento en que comprueban que el afán por poseer y disfrutar cada día de más cosas sólo se aplaca fugazmente con su logro, y ven cómo de inmediato se presentan nuevas insatisfacciones ante tantas otras cosas que aún no se poseen. Es una especie de tiranía que ciertas modas y usos sociales facilitan que uno mismo se imponga, y hace falta una buena dosis de sabiduría de la vida para no caer en esa trampa (o para salir de ella), y evitarse así mucho sufrimiento inútil.

    En otras personas, la insatisfacción proviene de la mezquindad de su corazón. Aunque a veces les cueste reconocerlo, se sienten avergonzadas de la vida que llevan, y si profundizan un poco en su interior, descubren muchas cosas que les hacen sentirse a disgusto consigo mismas. Eso les lleva con frecuencia a maltratar a los demás, por aquello de que quien la tiene tomada consigo mismo, la acaba tomando con los demás.

    En cambio, quien ha sabido seguir un camino de honradez y de verdad, desoyendo las mil justificaciones que siempre parecen encubrir cualquier claudicación (lo hace todo el mundo, se trata sólo de una pequeña concesión excepcional, no hago daño a nadie, etc.), quien logra mantener esa rectitud se sentirá habitualmente satisfecho, porque no hay nada más ingrato que convivir con uno mismo cuando se es un ser mezquino.

    Otras veces, esa insatisfacción se debe a algún sentimiento de inferioridad, como ya apuntamos unas páginas atrás. Otras, tiene su origen en la incapacidad para lograr dominarse a uno mismo, como sucede a esas personas que son arrolladas por sus propios impulsos de cólera o agresividad, por la inmoderación en la comida o la bebida, etc.; después, una vez recobrado el control, se asombran, se arrepienten y sienten un profundo rechazo de sí mismas.

    También las manías son una fuente de sentimientos de insatisfacción. Si se deja que arraiguen, pueden llegar a convertirse en auténticas fijaciones que dificultan llevar una vida psicológicamente sana. Además, si no se es capaz de afrontarlas y superarlas, con el tiempo tienden a extenderse y a multiplicarse.

    Algo parecido podría decirse de las personas que viven dominadas por sentimientos relacionados con la soledad, de los que suele costar bastante salir, unas veces por una actitud orgullosa (que les impide afrontar el aislamiento que padecen y se resisten a aceptar que estén realmente solas), otras porque no saben adónde acudir para ampliar su entorno de amistades, y otras porque les falta talento para relacionarse.

    —Pero una persona de intensa vida social también puede sentirse a veces muy sola.

    Sí, porque su exuberante actividad puede ser superficial y encubrir una soledad mal resuelta; o porque sus contactos y relaciones pueden estar mantenidos casi exclusivamente por interés; o porque son personas de fama o de éxito, y perciben ese trato social como poco personal, o incluso de adulación; etc.

    Aunque también es cierto que puede suceder lo contrario, y que una soledad sea sólo aparente. Hay personas que creen importar poco a los demás, y un buen día sufren algo más extraordinario y se sorprenden de la cantidad de personas que les ofrecen su ayuda. La satisfacción que sienten entonces da una idea de la importancia de estar cerca de quien pasa por un momento de mayor dificultad.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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