Sentimientos de inferioridad

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    Como ha señalado Javier de las Heras, el sentimiento de inferioridad se debe a la existencia de un defecto que se vive como algo vergonzoso, humillante, indigno de uno mismo e inaceptable. En no pocos casos, además, se trata sólo de un presunto defecto, pues cuando desde fuera se conoce y se analiza con un mínimo de objetividad, se comprueba que no hay motivos de peso para considerarlo tal, o al menos se le está dando una importancia desmesurada.

    En unos casos, esos defectos son de tipo físico o estético. En otros, se basan en supuestas carencias relacionadas con dotes personales de otro tipo: capacidad intelectual, sentido práctico, memoria, nivel de estudios o de educación, dominio de los convencionalismos sociales o de las relaciones humanas, etc. Otras veces no se trata propiamente de un defecto, sino de un sentimiento de vergüenza o de retraimiento por el origen, el pasado, el entorno familiar, la extracción social, etc.

    Se trate de lo que se trate, ese defecto o limitación produce un intenso rechazo en quien lo posee, que no es capaz de aceptarlo ni de asumirlo como tal. Se siente notablemente condicionado, y a veces incluso frustrado por la sensación de impotencia que produce el convencimiento de no poder liberarse de esa deficiencia, de no encontrar la manera de acabar con ella.

    Lo habitual es que esas evidencias interiores (que muchas veces no resultan nada previsibles ni evidentes desde el exterior), constituyan un intenso y profundo motivo de desasosiego y condicionen bastante la personalidad y el comportamiento de quien las sufre. En algunos, produce una insana tendencia a buscar seguridad en todo aquello que piensan que puede prestigiarles ante los demás. En el caso de un escolar, por ejemplo, puede llevarle a extenuarse por sacar muy buenas notas, o por destacar en fortaleza física o en los deportes, o bien a mostrarse crítico o agresivo, o a intentar mostrarse más atrevido o desinhibido que nadie en materia sexual. Es algo que sucede más de lo que parece, y que es relativamente fácil reconducir si un buen educador lo sabe abordar.

    La fuerte carga subjetiva de este tipo de sentimientos puede hacer que una persona con unas cualidades muy superiores a la media de quienes le rodean, esté fuertemente condicionada por un sensación de inferioridad proveniente de cualquier sencilla cuestión de poca importancia. Puede ser, por ejemplo, una persona bien parecida pero que tiene un pequeño defecto físico y esto le condiciona mucho subjetivamente; o alguien de brillante curriculum pero con alguna limitación (por ejemplo, en las relaciones humanas) que le lleva a pensar que todo lo hace mal, y eso le crea una fuerte inseguridad; etc.

    Lo peor es que a veces ese sentimiento de inferioridad desborda los límites naturales de ese defecto o limitación, e impregna por completo la valoración que uno tiene de sí mismo, produciendo una sensación generalizada de d esencanto. Es como si toda la percepción global que uno tiene de sí mismo se contaminara de ese sentimiento de inferioridad. Sus consecuencias más habituales son la inseguridad y la inestabilidad emocional. Además, al sentirse inferiores, les cuesta mucho atreverse a hacer las cosas según su propio criterio, dudan constantemente, se angustian con facilidad y terminan por depender demasiado de la opinión de otras personas.

    —¿Y cuál es la solución?

    En muchos casos, bastaría con aprender de la actitud de Robinson Crusoe, el protagonista de aquella famosa novela de Daniel Defoe. Aquel hombre sobrevivió veintiocho años en una isla desierta gracias a su ingenio y su habilidad, y sobre todo gracias a que se esforzó en considerar su situación más desde el lado bueno que desde el malo. Se habituó a fijarse más en sus satisfacciones que en sus privaciones, y comprendió que la mayoría de las personas no disfrutan de lo que tienen porque ambicionan demasiado lo que no tienen.

La aflicción que nos causa
lo que no tenemos
proviene de nuestra poca gratitud
por lo que tenemos

    Otras veces, esos sentimientos de inferioridad estarán referidos a una persona cercana con la que uno se siente constantemente comparado, y que ha llegado a ser como una referencia permanente de frustración. Es un efecto que a veces se produce, por ejemplo, en personas cuya autoestimación personal está fuertemente dañada desde su infancia por las continuas comparaciones con otro hermano más brillante (al que nunca consigue superar, por mucho que lo intenta); o por un desorbitado afán de destacar frente a otros compañeros de estudio mejor dotados; o por un agobiante anhelo de ser competente en más cosas de las que puede abarcar; etc. También se produce a veces en el propio matrimonio, cuando se comete el error de entrar en una dinámica de rivalidad, ya sea por el afecto de los hijos, por la autoafirmación profesional, en las relaciones sociales, etc.

    —Y esos sentimientos de inferioridad, ¿suelen aparecer poco a poco, o pueden sobrevenir de pronto?

    Lo más normal es que se vayan instalando de modo paulatino, a medida que el defecto o la limitación correspondiente se va percibiendo como tal en la propia intimidad, que es donde se ganan o pierden estas batallas.

    Sin embargo, a veces surgen de modo brusco, como consecuencia directa de una mala experiencia, o del comentario u observación de una persona que pone en evidencia –objetiva o subjetiva– ese defecto, y, por la razón que sea, resulta en ese momento intensamente humillante o traumático, e impacta de modo decisivo en la propia personalidad.

    —¿Y en qué momentos de la vida suele producirse más?

    Las épocas más proclives para esas impresiones son el final de la infancia y todo el periodo de la adolescencia. Por eso es importante en esas edades ayudarles a ser personas seguras y con confianza en sí mismas.

    —Pero tan nocivos pueden ser los sentimientos de inferioridad como los de superioridad, supongo.

    Muchos autores aseguran que las actitudes de superioridad suelen tener su origen en un intento de compensar un sentimiento de inferioridad firmemente arraigado. Esos complejos hipercompensados suelen provocar actitudes presuntuosas, arrogantes e inflexibles. Se manifiestan entonces como personas envanecidas que tienden a tratar a los demás con poca consideración. Y si a veces se muestran más tolerantes o benevolentes, es con un trasfondo paternalista, como si quisieran destacar aún más su poco elegante actitud de superioridad.

    Son personas a las que gusta darse importancia, que exageran sus méritos y capacidades siempre que pueden. Siempre encuentran el modo de hablar, incluso a veces con aparente modestia, de manera que susciten –eso piensan ellos– admiración y deslumbramiento. Suelen ser bastante sensibles al halago, y por eso son presa fácil de los aduladores. Fingen despreciar las críticas, pero en realidad las analizan atentamente, y esperan rencorosamente la ocasión de vengarse. Están siempre pendientes de su imagen, muchas veces profundamente inauténtica, y con frecuencia recurren a defender ideas excéntricas, o a llevar un aspecto exterior peculiar y extravagante, con objeto de aparecer como personas originales o con rasgos de genialidad. Buscan el modo de sorprender, para obtener así en otros algún eco que les confirme en su intento de convencerse de su identidad idealizada. Por el camino de la inferioridad acaban en el narcisismo más frustrante.

    Autoestima y estados de ánimo

    Cuando alguien se encuentra desanimado, se ve peor a sí mismo, y eso suele llevarle a un menor aprecio hacia sí mismo. Y viceversa.

Autoestima y estado de ánimo
suelen ascender o descender
de modo paralelo

    Una autoestima demasiado baja suele generar actitudes de desánimo, de no atreverse, de desarrollar poco las propias capacidades, de ver como inasequible lo que no lo es. Con esa actitud, es fácil que la derrota venga dada de antemano, antes de entrar en batalla, por esa injustificada infravaloración de uno mismo.

    —Supongo que lo que necesita esa persona es que alguien le haga ver su verdadera valía.

    Sí, aunque si esa baja autoestima ha arraigado de modo profundo, hacerle comprender su error no será tarea fácil. A esas personas les cuesta mucho admitir cualquier valoración positiva de sí mismas. Y cuando otras personas intenten hacérselo ver, es probable que lo interpreten como halagos infundados, simples cumplidos de cortesía, un ingenuo desconocimiento de la realidad, o incluso como un intento de tomarles el pelo.

    —También habrá riesgo por el otro lado, es decir, de un exceso de autoestima.

    Si tener una autoestima alta lleva a pensar sólo en uno mismo, a valorarse en más de lo que uno vale, a ser egoísta y engreído, etc., es evidente que eso sería malo. En ese sentido, podría decirse que tanto la baja autoestima como la excesivamente alta son destructivas para la personalidad y psicológicamente insanas.

    En casos patológicos, ambos extremos pueden aparecer como consecuencia de trastornos psíquicos, o bien aumentar el riesgo de aproximarse a ellos. La mayoría de las depresiones van asociadas a una baja autoestima, a su vez relacionada con sentimientos patológicos de culpa, inseguridad, desilusión, falta de energía, etc. En cambio, en otros trastornos, como en los delirios megalomaníacos o de grandeza, o durante las fases de euforia de las depresiones bipolares, etc., suele presentarse un exceso patológico de autoestima.

    Conviene resaltar que los sentimientos de culpa, o de vergüenza, o de insatisfacción ante algo que hemos hecho o dejado de hacer, no son sentimientos buenos ni malos de por sí. A veces serán muy necesarios, puesto que habrá cosas que haremos mal y de las que es bueno que nos sintamos culpables y avergonzados; en cambio, otras veces serán malos, porque nos atormentan inútilmente y tienen un efecto negativo. Se trata por tanto de sentimientos que, como todos, deben tener medida y adecuación a su causa.

    A medida que una persona va madurando y adquiriendo solidez, su nivel de autoestima se irá haciendo más estable, gracias a un mejor conocimiento propio y a poseer criterios más sólidos a la hora de encontrar motivos de propia estimación. Ya no es tan fácil que una opinión favorable o desfavorable, un sencillo acierto o error, o una buena o mala noticia, ocasionen fuertes oscilaciones en su estado de ánimo o su autoestima.

    —Supongo que influye mucho el modelo de vida a que uno aspira.

    Sin duda. Por ejemplo, es fácil comprobar que el éxito social o profesional no bastan para garantizar la autoestima. Si ciframos nuestro ideal en ser capaces de alcanzar grandes resultados económicos o de reconocimiento social, dejando al margen otros criterios más sólidos, es probable que la vida emocional no marche bien, tanto si conseguimos esos logros como si no. De hecho, hay una constante comprobación de que si los modelos de éxito se reducen a sólo una parte de la vida y no a su conjunto, al final no se quedan satisfechos de esos éxitos ni siquiera los pocos que llegan a conseguirlos.

    —Pero tampoco se trata de rebajar los ideales para evitar las decepciones, supongo.

    Sería un camino equivocado. Es la estrategia del escepticismo vital, en la que se apagan los sentimientos de sana emulación y se enaltece, por el contrario, la falta de ideales y la mediocridad. Rebajar los ideales y decir que todo da igual, o que hoy día todo el mundo va a lo suyo y ya está, son actitudes que no conducen a nada bueno.

    Alfonso Aguiló. Con la autorización de:  www.interrogantes.net

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One Response to Sentimientos de inferioridad

  1. pablo dice:

    me siento muy identificado con el sentimiento de inferioridad respecto a permamentes comparaciones con alguien cercano, ya que tengo una competicion permanente con una persona cercana, y cada vez q gana algo o le va bien, se acentua ese sentimiento poruqe siento una disminucion en mi valia personal. Ademas nos comparamos permanentemente con cualquier cosa, asi fue siempre, desde niños, y la verdad es q esmuy frustrante y es una perdida de energia. Quisiera si fueran tan amables de darme un consejo para romper ese lazo de dependencia y que no me importe.
    Ademas siempre pense q a el le iba mejor, mi familia lo queria mas, y era el centro de atencion. Gracias

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