Jóvenes japoneses reclusos en su cuarto

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   Ashiya. Han crecido en una de las sociedades más ricas del mundo. Desde la más tierna infancia sus padres les han proporcionado todo lo que han querido y más. Pero no tienen amigos y muchos son hijos únicos. No hablan con nadie, ni siquiera con sus padres. No se interesan por nada. El mundo exterior no cuenta para ellos. Están encerrados en su cuarto. Se trata de un fenómeno que afecta a un creciente número de jóvenes japoneses desde los 13 a los 30 años.
Antonio Mélich


14/04/2004.-

   Se les conoce con el apelativo de hikikomori, que en japonés puede significar: inhibición, reclusión, aislamiento. La mayoría son (o han sido) estudiantes brillantes que no han podido sobrellevar el estrés de las exigencias y requerimientos de una sociedad competitiva.

   Su cuarto está abarrotado de aparatos de todas clases: televisor, PlayStation, DVD, ordenador, teléfono móvil (que ahora no usan). Se pasan la noche jugando con el ordenador (videojuegos) o viendo televisión, y durante el día duermen. La mayoría son pacíficos, pero no todos.

   Apartarse del mundo

   El inesperado –y con frecuencia repentino– retiro silencioso de chicos y chicas normalmente alegres, inteligentes y sociables, es uno de los misterios más desconcertantes de la sociedad japonesa de hoy. Miles de adolescentes y jóvenes se recluyen herméticamente en su cuarto, apartándose del mundo exterior. Como ocurre con frecuencia en los trastornos psíquicos de conducta, su estado no se debate abiertamente. Pero el fenómeno es objeto de documentales televisivos, artículos de prensa y reportajes, así como de más de treinta libros. Ellos tampoco quieren que se conozca y si los padres tratan de procurarles ayuda, se rebelan de forma violenta o amenazan con suicidarse. La mayoría permanecen literalmente encerrados, sin contacto con el exterior. Otros salen de vez en cuando de sus casas por breve tiempo, casi siempre de noche, rehúsan trabajar y evitan todo tipo de trato social. Según datos estadísticos oficiales, el 41% de ellos viven como reclusos entre uno y cinco años. En 2002 se registraron 6.151 casos en 697 centros de salud. De todos modos, estas cifras no son en absoluto exhaustivas, porque la inmensa mayoría de los casos no se hacen públicos. Bastantes sufren enfermedades mentales como depresión, agorafobia o esquizofrenia, pero los expertos dicen que la gran mayoría de estos “reclusos” se encierran durante seis meses o más sin mostrar ninguna otra señal de trastorno neurológico o psiquiátrico. Los expertos estiman que el total de afectados supera el millón, lo que puede parecer exagerado. Pero mientras no se lleve a cabo un estudio más detallado de la cuestión, esas cifras son por el momento tan difíciles de probar como de refutar.

   La cultura de la vergüenza

   Entre las diversas razones que dan para explicar este fenómeno, muchos expertos coinciden en que una de las principales es el descenso de la natalidad (el índice de fecundidad es de 1,3 hijos por mujer). El reducido número de nacimientos significa que cada vez más familias tienen un solo hijo, en el que ponen todas sus esperanzas. Por otra parte, estos jóvenes crecen sin un modelo de conducta masculino, porque sus padres están siempre fuera del hogar debido a las largas horas de permanencia en la empresa que les exige su trabajo, si quieren conservar su puesto.

   Además, la llamada “cultura de la vergüenza” –típica de Japón– hace que la gente esté pendiente de cómo son percibidos por otros, si tienen algún problema de ajuste en su grupo social. “Un blanco en el currículo equivale a suicidio social. Una vez que te has separado del grupo en esta sociedad enfermiza –dice una de las víctimas, que ha logrado recuperarse– no hay forma humana de volver. Hikikomori no es una enfermedad propiamente dicha, sino una condición social. Mientras Japón no se convierta en un lugar más fácil para vivir, el número no disminuirá”. La riqueza de Japón hace posible el fenómeno de aislamiento social. Tanto a los adolescentes como a los jóvenes (conocidos con el apelativo de solterones parásitos) los mantienen sus padres. “Cuando yo era joven nadie se libraba de ir a trabajar. Ahora las familias tienen dinero suficiente y los hijos no necesitan encontrar trabajo enseguida”, dice Hiromi Ohno, cuyo hijo vive encerrado en su habitación y a quien apenas ha visto en siete años. Ella y su marido han decidido no pasarle por debajo de la puerta de su cuarto un sobre con 50.000 yenes de asignación mensual, como venían haciendo desde hace años, para ver si así sale de su “nido”. En Japón es fácil vivir entre cuatro paredes, dice Seiei Muto, de Tokyo Mental Health Academy, y con el descenso de la natalidad los niños juegan solos, comen solos, estudian solos.

   Muto y otros dicen que en Japón hay un deterioro efectivo de la capacidad de comunicación. El incremento del anonimato, sobre todo en las grandes ciudades, y el colapso de la mutua cooperación entre vecinos son los factores principales.

   También hay quienes piensan que el problema tiene profundas raíces históricas y culturales. “Japón es un país rico, pero los japoneses carecemos de identidad y nos falta confianza y habilidad para comunicar con otros –dice Tadashi Yamazoe, profesor de psicología clínica en Kyoto Gakuen University, en una entrevista publicada en The Japan Times–. Los japoneses tienen en general una personalidad pasiva”. Pero otros muchos dicen que hikikomori es un fenómeno moderno que evidencia la gran brecha generacional entre los que con su trabajo abnegado pusieron las bases y construyeron el éxito económico de posguerra y sus hijos, que no quieren y ni siquiera pueden ya lograr el empleo vitalicio de sus padres, en la presente estructura económica del país.
   Con la autorización de: www.aceprensa.com

   Males de ricos

   Robert J. Samuelson comenta en Newsweek (22 marzo 2004) las aflicciones que trae consigo la prosperidad económica: obesidad, ansiedad, falta de tiempo, soledad…, problemas sin importancia comparados con los de los países pobres, pero muy paradójicos.
   14/04/2004.-

   Parece contradictorio, pero cada vez más problemas sociales y dolencias son consecuencia de la prosperidad, no de la pobreza. El ministro de Sanidad estadounidense, Tommy Thompson, dijo esto (…) después de anunciar que la obesidad compite ahora con el tabaco como causa principal de las muertes prematuras.

   Según los Centers for Disease Control, los problemas derivados de la obesidad causan 400.000 muertes al año, justo detrás de las muertes relacionadas con el tabaco (435.000) y muy por delante del alcohol (85.000), los accidentes de tráfico (43.000) y las armas de fuego (29.000). Se estima que la obesidad y sus complicaciones –diabetes o enfermedades cardiovasculares, por ejemplo– suponen actualmente el 9% del total del gasto sanitario en Estados Unidos. Cuando éramos más pobres, la obesidad no era un problema. Es cierto que los restaurantes de comida rápida tienen parte de culpa, pero sobre todo se debe a que la comida se ha vuelto mucho más barata y, en consecuencia, consumimos más –y mucho fuera de casa–. En 1950, los estadounidenses gastábamos en comida el 20% de los ingresos (y menos de una quinta parte de eso, en comer fuera de casa). Ahora gastamos el 10% (la mitad, fuera). Además, comemos lo que nos apetece; así, ¿quién puede extrañarse de que consumamos un 20% más de azúcar que en 1980? Lo que nos salva es que tiramos a la basura parte de la comida extra; de otra forma los estadounidenses pesarían 136 kilos, según Roland Sturm, experto en obesidad de la Rand Corp. (…) Sturm dice que la obesidad es un “efecto colateral del crecimiento económico”. En economía, se considera buen síntoma gastar poco en los artículos de primera necesidad –como la comida– porque así la gente puede gastar dinero en otras cosas. Es una forma de mejorar el nivel de vida, lo cual no significa que gastemos prudentemente el dinero, sea en comida o en otras cosas. (…) Otro problema es que hay demasiado donde elegir. Barry Schwartz dice en su libro The Paradox of Choice: Why More Is Less (…) que hay estudios de consumo con “comparativas entre 220 nuevos modelos de coche, 250 cereales para el desayuno, 400 reproductores de vídeo, 40 sopas instantáneas, 500 pólizas de seguros sanitarios, 350 fondos de inversión e incluso 35 alcachofas para ducha”. Las personas se sienten abrumadas por el tiempo que hay que dedicar para tomar la mejor opción y por lo mal que se sentirán si no aciertan. Equivocarse en una compra puede irritar pero los grandes errores (profesionales, en la conciliación trabajo y familia, etc.) pueden ser profundamente deprimentes, concluye Schwartz. Otro libro –también con la palabra paradox en el título–, The Progress Paradox: How Life Gets Better While People Feel Worse, de Gregg Easterbrook, señala que a medida que se satisfacen los deseos de bienes materiales, crecen los psicológicos. “Casi todo lo que la gente desea de verdad –amor, amistad, respeto, familia, nivel social, diversión– no está en el mercado”, dice al autor. La prosperidad puede empeorar la situación: en 1957, solo el 3% de los estadounidenses se sentían solos; ahora son el 13%. (…) Está claro que estos problemas no son graves comparados con la pobreza o el desempleo y, además, se pueden solucionar. La obesidad se puede combatir mejorando la alimentación y haciendo ejercicio. La ansiedad, asumiendo que algunas decisiones serán menos afortunadas que otras. Sin embargo, los problemas de la prosperidad nos deberían recordar que no importa tanto cuánta riqueza tengamos sino cómo la usemos.
   Con la autorización de: www.aceprensa.com

   Anorexia y bulimia: cómo realizar una detección precoz

   Los trastornos de la alimentación, en especial la anorexia y la bulimia nerviosa, preocupan enormemente a la sociedad actual debido a los alarmantes índices de incidencia que presentan. Son trastornos que, una vez instalados, tienen una curación larga y costosa. Un diagnóstico precoz es fundamental para conseguir una curación más rápida y evitar algunos de los efectos devastadores que este tipo de patologías ocasionan en la vida personal, familiar y social de los afectados. En este artículo encontrarás algunas de las claves que podrían ayudarte a detectar de forma temprana si tu hijo/a está padeciendo alguno de estos trastornos para, en tal caso, iniciar lo antes posible el tratamiento.

   Los trastornos de la alimentación se caracterizan por graves alteraciones de la conducta alimentaria.

   En primer lugar, la anorexia nerviosa afecta mayoritariamente a mujeres prepúberes o adolescentes, pero también, aunque en menor medida, a mujeres adultas y a hombres jóvenes. Se caracteriza por un deseo intenso de pesar cada vez menos, por el miedo a la obesidad y por un trastorno del esquema corporal que hace verse más gordo/a de lo que se es en realidad. Para conseguir esta progresiva pérdida de peso, las personas anoréxicas hacen una intensa restricción alimentaria que se acompaña, en muchas ocasiones, de ejercicio físico excesivo y conductas de purga (vómitos autoinducidos, laxantes, diuréticos). Estos pacientes acostumbran a resistirse a la recuperación ya que no valoran correctamente la gravedad de su problema.

   Los pacientes con bulimia nerviosa presentan también un miedo intenso a la obesidad y, como en la anorexia, tienen pensamientos relacionados con la comida, el peso y la figura. Pero lo que caracteriza a este trastorno y lo diferencia del primero es la pérdida de control sobre la conducta alimentaria. Aparecen episodios de ingestión voraz, durante los cuales consumen una gran cantidad de comida en muy poco tiempo (atracones), seguidos de conductas compensatorias para evitar el aumento de peso: ayuno, vómitos autoinducidos, abuso de laxantes y/o diuréticos y ejercicio físico excesivo. Los pacientes con bulimia suelen tener mayor conciencia de enfermedad ya que consideran que sus conductas no son normales, lo cual favorece la aparición de sentimientos de fracaso, vergüenza e impotencia.

   Una pregunta que se hacen muchos padres es ¿Cómo se desarrolla un trastorno alimentario? Algo que deben tener muy claro es que los trastornos de la alimentación son multifactoriales, es decir, que es necesaria la presencia de diversos factores para que lleguen a desarrollarse. No existe una causa única. En primer lugar, para que acabe desarrollándose el trastorno es necesaria la existencia de unos factores que predispongan a la persona haciéndola más “sensible” a padecer estas patologías y no otras. Estos factores de predisposición los podemos dividir en tres grupos:
   Individuales 
   Sobrepeso infantil
   Perfeccionismo
   Gran autocontrol
   Alta autoexigencia
   Impulsividad
   Ausencia de normas estables
   Ausencia de hábitos bien estructurados
   Baja autoestima
   Miedo a madurar
   Familiares 
   Hábitos alimentarios desestructurados
   Preocupación excesiva por la figura en la familia
   Obesidad de algún familiar
   Conflictos familiares
   Baja resolución de conflictos
   Pobre comunicación
   Sobreprotección
   Rigidez o laxitud de las normas
   Mezcla de roles familiares
   Socioculturales 
   Estereotipos culturales femeninos (delgadez extrema)
   Prejuicios contra la obesidad
   Determinadas profesiones y deportes (moda, gimnasia rítmica, patinaje, etc.)

   Los chicos/as que presentan algunos de estos factores de predisposición pueden llegar a tener actitudes anormales respecto al peso y la figura de manera que, probablemente, ante la presencia de un factor precipitante, desarrollarán un trastorno alimentario. Algunos de los factores que pueden acabar precipitando o desencadenando el trastorno son: 
   Cambios físicos y emocionales de la pubertad
   Miedo a enfrontar nuevas responsabilidades
   Insatisfacción personal general
   Situación personal estresante
   Hacer dieta restrictiva
   Realizar ejercicio físico excesivo
   Anorexia nerviosa previa (en caso de bulimia nerviosa)

   Una vez el trastorno alimentario se ha “precipitado”, se ponen en marcha una serie de factores mantenedores, de tipo físico y psicológico, que favorecerán la perpetuación de la situación anómala. Estos factores mantenedores serían:
   Alimentación restrictiva
   Pensamientos erróneos respecto al peso, comida y figura
   Imagen corporal deformada
   Ciclo atracón-vómito
   Reaparición de situaciones estresantes
   Presión social continua

   ¿En qué señales podemos fijarnos si sospechamos que nuestro/a hijo/a puede estar desarrollando un trastorno alimentario? He aquí algunos de los cambios que podemos observar más fácilmente:

   Cambios en sus hábitos alimentarios o en su forma de relacionarse con la comida. Es probable que haya empezado a evitar ciertos alimentos (dulces, carne) o algunas formas de cocinarlos (rebozados, fritos). En ocasiones empiezan a interesarse por hacer su propia comida o controlan a quién la está haciendo, diciéndole la cantidad que debe servir en los platos o qué platos debe cocinar y cuáles no, etcétera.

   Debes fijarte en si se da atracones de comida, es decir, si come mucha cantidad de alimento en poco tiempo, y lo hace de forma “ansiosa”.

   Va al baño de forma sistemática después de las comidas o, incluso mientras está comiendo, se encierra en el lavabo durante un rato, se va a su habitación y cierra la puerta, etc.

   Hace mucho ejercicio físico, le cuesta estar relajado/a y se muestra en general inquieto/a, muy activo/a. Fíjate si ha dejado de coger el ascensor y sube siempre escaleras, o si va a los sitios andando, etc.

   Has notado cambios en su carácter. Está más irritable, se enfada por cualquier cosa, especialmente cuando se habla de la alimentación. Tiene cambios de humor repentinos.

   Por el contrario, se muestra más reservado/a, menos sociable, no tiene ganas de salir con los amigos, se interesa por actividades que requieren un alto rendimiento personal y se realizan en solitario, por ejemplo estudiar.

   Está muy interesado/a por su aspecto físico, se encuentra insatisfecho/a con su figura y realiza comentarios frecuentemente sobre este tema. Su valoración personal depende en gran medida de su imagen.

   ¿Qué puedes hacer si sospechas que tu hijo/a tiene un trastorno alimentario? 

   Si sospechas que su hijo/a puede tener un trastorno alimentario, debes dedicar un tiempo a hacer estas observaciones. Al mismo tiempo puedes mostrarte interesado/a en que él/ella te explique cómo se siente o si tiene algún problema. No sirve de mucho preguntarle directamente si está padeciendo un trastorno alimentario, ya que lo más probable es que provoques en él/ella una reacción negativa de defensa. Recuerda que las personas que tienen un trastorno alimentario pueden no ser conscientes de ello.

   Es importante que tengas en cuenta que muchos de los “cambios” que hemos comentado anteriormente son normales en la etapa adolescente de la vida, sobre todo los relacionados con la preocupación por la imagen corporal y los cambios en el carácter. Por lo tanto, si detectas estos comportamientos, no debes precipitarte y realizar tú el diagnóstico, esto debe servir para acudir a un profesional que confirme o no tus sospechas. Lo más recomendable es que te dirijas al médico de cabecera, a los servicios ambulatorios de tu zona o a unidades especializadas para el tratamiento de estos trastornos. Asimismo, existen asociaciones de lucha contra la anorexia y la bulimia donde te pueden orientar sobre los pasos a seguir y los profesionales a los que puedes dirigirte para resolver el problema.
   Mónica Muñoz Perea
   Psicóloga de C.I.T.T.A. 
   Con la autorización de: www.solohijos.com

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4 Responses to Jóvenes japoneses reclusos en su cuarto

  1. ulss dice:

    esto es 100% gracias a su cultura y sociedad, realmente talves unos 8 de kada 10 japoneses sufren alguna enfermedad notable a simple vista es el pais de los enfermos mentales y apaticos. ahunke yo vivi por 4 anos alla bastaria con alrededor de un anoy medio para darce cuenta.

  2. aramo dice:

    Hola Ulss:
    Quizás a los japoneses del artículo les falte ánimo para formare a si mismos.
    En Aplicaciones didácticas hay un curso de Autoeducación:

    http://www.aplicaciones.info/autoedu/autoedu.htm

    Arturo Ramo

  3. […] Carnaval de Rio de Janeiro? y COMO es eso, de que se trata? (aca imaginemos que estaba recluido en su cuarto y no tiene idea de que es el Carnaval de […]

  4. Lul dice:

    Conozco a un adolescente que vive aislado, y tiene todas las características de hikikomori, como puedo ayudarlo?

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