Con los hijos no se juega

   El artículo 39.4 de la Constitución española dice: “Los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”. Bueno es que exista una sabia y justa legislación, reguladora de los derechos y deberes de todos los ciudadanos, y que el Estado disponga de los medios legales y de la suficiente autoridad moral para hacerla cumplir. Pero de poco serviría todo ello sin la existencia de una auténtica conciencia individual y colectiva, que incite al ciudadano y a los grupos sociales y políticos a respetar los derechos de las leyes promotoras del bien particular y público.

   En cada inauguración del Año Judicial se nos dan las cifras de los delitos del año anterior. El alza de los delitos contra las personas, la propiedad, la libertad y la seguridad es constante. Este lamentable hecho viene a confirmar la existencia de sectores de la población que están disconformes con la sociedad, ya sea por las injusticias que padecen, por la escala de valores dominante o porque no se les ha educado para una convivencia solidaria y fraternal. A estos delitos y conductas antisociales son empujados muchos niños y adolescentes, o son sus víctimas. Unos 250.000 niños españoles, de 0 a 16 años, sufren algún tipo de maltrato físico o psíquico. Casi todos los días nos llegan noticias que lo confirman. Golpes, amenazas, violaciones, secuestros, racismo, abandono, explotación en forma de mendicidad y narcotráfico, etc., constituyen una macabra lista de agresiones al mundo infantil. Se dice que dichas prácticas no son comunes ni sistemáticas, pero ahí están atestiguando una situación que debe ser corregida para bien de todos.

   Los recientes casos de racismo por causas étnicas o sociológicas, ocurridos en dos colegios; el juicio contra un grupo de ciudadanos, acusados de corrupción de menores, , y otros sucesos menos divulgados, atentatorios contra la dignidad y los derechos de los niños, son pruebas evidentes de que algunas personas adultas no se han desprendido todavía de ciertos atavismos heredados, ni de las secuelas que les ha dejado una educación discriminatoria. Triste espectáculo el ofrecido a los niños por quienes tienen el deber de protegerlos y educarlos.

   No he conocido ningún niño que se aparte de otro niño porque difieran los colores de sus epidermis o las formas de sus ojos. Los niños no son racistas ni xenófobos de nacimiento, pero como son imitadores natos de todo lo que hacen los mayores, pueden llegar a serlo. Cuando se han empleado o se siguen oyendo expresiones como: “gitano ladrón”, “maloliente negro”, “judío usurero”, “maketo”, “charnego”, o se convive con el opulento árabe, pero se rechaza al nigeriano que es pobre, se está abonando el subconsciente de los niños para el cultivo de la animadversión y de los miedos hacia personas y pueblos. Según el principio aristotélico nada hay en la inteligencia que no haya pasado antes por los sentidos.

   Esta sociedad nuestra, que se lamenta de los males que la aquejan o sufre los efectos de conductas rebeldes y antisociales, pocas veces se detiene a pensar en profundidad que es ella misma la que, por abandono de sus deberes, la subversión de valores, su rendición a lo que se dice estar de moda y su desacertada forma de educar, está contribuyendo al nacimiento de desequilibrios emocionales, de múltiples patologías y de conductas agresivas y desajustadas en la población infantil y juvenil.

   Así, por ejemplo, en su afán de divinizar lo joven se está anulando la verdadera infancia, aunque demuestre, en muchos casos una aparente y exagerada preocupación por el niño. Nuestras formas de vida tienden a madurar mal y prematuramente al niño, obligándole a adquirir experiencias propias de los adultos. A veces, el cúmulo de atenciones que recibe están sustituyendo a lo que debería recibir. Como muchos niños no pasan por las experiencias de una verdadera infancia, no es extraño que, cuando se hacen mayores, surjan conductas compensatorias o sustitutivas de lo que a su debido tiempo no tuvieron o tuvieron en demasía.

   En la educación de los niños hay que evitar, por un lado, la complacencia y las dádivas erosionantes; por otro, la hostilidad, el maltrato y la manipulación. La única manera de educar es otorgar al niño, al mismo tiempo, amor, respeto y verdad. Un amor fuerte y valiente, que arrostre el riesgo de perder una inmediata correspondencia, el riesgo de irritar, de no ser comprendido hasta después que el niño deje de serlo. La ternura exterior no es siempre necesaria, y la blandenguería es siempre un egoísmo de quien ama. Tras el amar hay que sentarse u aguardar que la libertad actúe; provocar, con el amor, la responsabilidad, y callar luego. Con los niños, es preciso estar a las duras y a las maduras.

   Frutos del amor al niño son el respeto y la sinceridad. Quien ama al niño respeta su cuerpo, su alma, su libertad, sus sentimientos, y le comunica siempre la verdad. Muchas veces, los mayores no educamos en la verdad. Practicamos un sistema educativo de engaño en las palabras y en los comportamientos. El impacto que se produce en el alma de los niños al verse engañados por sus padres, sus profesores y la sociedad, es fuerte. Tendrá o no consecuencias graves, según el temperamento del niño, pero influirá siempre de un modo perjudicial. Al niño que hayamos engañado, no le pidamos confianza. Si se nos confía será un regalo que nos hace.

   Resumiendo: El juego es una actividad educativa insustituible para el desarrollo equilibrado del niño. Pero los niños no son juguetes, por tanto, no deben ser exhibidos, ni usados, ni manipulados, y mucho menos abandonados cuando a los adultos les conviene. Con los niños no se juega. Hay que educarlos para que sean capaces de hacer un mundo mejor.
   José María Arroyo. Profesor de EGB jubilado.

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2 Responses to Con los hijos no se juega

  1. Ma. Esther Reyes dice:

    Me agradan mucho las lecturas, en especial para los niños y jovencitos, nos ayudan a los maestros y a los padres a saber educar a los hijos, nietos, etc. y enseñarles a que tienen que leer. Gracias.

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