Desarrollo de las virtudes

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   El objetivo final de la educación de los chicos es que alcancen la madurez humana que se manifiesta “en cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres” (Concilio Vaticano II. Decreto Optatam totius, II). Esta madurez es consecuencia del desarrollo armónico de las virtudes y podemos decir que las virtudes adquiridas desarrollan a la persona a nivel natural.    Los padres de familia desean que sus hijos sean ordenados, estudiosos, generosos, alegres, sinceros, etc. Pero este deseo, para no quedarse en una idea inalcanzable, ha ce concretarse en objetivos claros y alcanzables por los hijos.   En primer lugar hay que decir que la familia es el ámbito natural para el desarrollo de la persona, porque es ahí donde se relaciona lo más profundo de la persona, su intimidad. En la familia se acepta y se quiere a las personas por lo que son, no por lo que hacen. Los padres quieren a sus hijos por lo que son, aunque en ocasiones no están de acuerdo con lo que hacen o cómo se comportan sus hijos.   El colegio no es una organización natural, sino cultural y a través de la cultura apoya a los padres en la formación de los alumnos, pero la acción de los padres es la más importante. Es en la familia donde se desarrollan los hábitos operativos buenos (ser ordenado, estudioso, generoso, alegre, sincero, etc.), que son las virtudes humanas. Para conseguirlas es necesario conocerlas y “querer” esforzarse por conseguirlas.   En la adquisición de las virtudes hay que considerar dos cosas: la intencionalidad y la rectitud de intención. Uno puede ser más o menos generoso o serlo solamente con los amigos o con toda persona que necesite una ayuda. El otro factor es la rectitud de intención o el motivo por el que hacemos una cosa. No es lo mismo que un chico regale a un amigo un juguete porque sabe que los “Reyes” han sido pobres y le hace ilusión que regalarle ese juguete a regañadientes porque su madre se lo ha mandado. Las virtudes se han de vivir con rectitud de intención: no son un fin en si mismas, sino que se viven voluntariamente para alcanzar la madurez humana y el desarrollo de la personalidad.

   Para conseguir todo esto, lo primero es el ejemplo de los padres, que no consiste en ser “perfectos”, sino en luchar para superarse personalmente. Después conseguir que los hijos conozcan las virtudes dando explicaciones, preguntando por qué esos hábitos tienen valor y profundizando en la finalidad de esos esfuerzos. Junto al conocimiento intelectual hace falta la autoexigencia de la voluntad y el apoyo afectivo de los padres.
Arturo Ramo García

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