¿Sabemos educar para el amor?

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   Con la celebración del “Día de los Enamorados” el amor vuelve a ser objeto de proclamación pública de sus excelsitudes y de homenaje en quienes mejor parecen haberlo encarnado en sus vidas. Para muchos la fiesta se reduce al intercambio de productos ofertados a tal fin por el mercado. Algunos renovarán promesas de fidelidad y pocos “descenderán” a lo íntimo de su corazón para indagar si lo que brota de él es amor verdadero o no.

   Hoy se habla tanto y tan a la ligera del amor que ya no sirven las palabras. Muchas personas fracasan o se sienten fracasadas en el amor porque, entre otras causas, han recibido una educación del corazón equivocada e incompleta. No olvidemos que hablar de la educación del corazón y hablar de la educación para el amor es lo mismo.

   Muchos problemas relacionados con la sexualidad y las relaciones de la pareja hemos creído poder resolverlas con una información pormenorizada y machacona sobre los aspectos más superficiales del sexo. Se ha hecho escaso o nulo hincapié en la educación de los sentimientos y en la relación afectiva. En vez de educar los impulsos del alma para el amor universal y la generosidad total, hemos promocionado ciudadanos para una sociedad alicorta de ideales y hemos formado personas egoístas, incapaces de comprender que para sentirse realizadas en el amor no es suficiente satisfacer las apetencias más primarias de la sexualidad, ni es absolutamente necesario ser correspondidos.

   El amor tiene como fuente el corazón humano, la persona toda, y se dirige a todos los humanos y al universo entero. Para la persona que ama, la correspondencia o no de los seres objeto de su amor ni pone ni quita nada a la realidad de su acto de entrega. El amor tiene que ser un don gratuito. Esto es una realidad que la psicología de nuestras relaciones con los demás ha querido olvidar, entre otras cosas porque escapa al entendimiento humano y repugna a nuestro deseo de no ser amados, máxime por aquellos a quienes entregamos nuestra vida. Doloroso pero real es “ser para los otros camino que se utiliza y se olvida”.

   Los ideales de fraternidad universal por los que aboga y lucha una parte de la juventud actual y la humanidad de siempre han sido truncados por una falta de visión del amor. Y si ha habido hombres y mujeres que han escapado a esta ola de vulgaridad, intentando realizar su proyecto de vida en una entrega total y sin condiciones, han sido tachados de idealistas.

   Hay otra realidad en la problemática educativa del amor humano que necesita revisión. Casi siempre hemos distinguido un amor físico, un amor psicológico y un amor espiritual. Cronológica y metodológicamente, primero hemos puesto el amor físico, cuando la capacidad del amor es siempre espiritual. Nuestros prójimos no son sólo cuerpo, sino personas, y bajo esa total perspectiva deben ser objeto de nuestro afecto. El ser humano es también corporeidad, pero no primordialmente; de ahí el error de dar excesiva importancia al sexo. La dimensión física del amor es pues un mero símbolo de otra realidad más profunda, su dimensión espiritual.

   Es fácil encontrar jóvenes angustiados por una amistad exclusiva que no llena las posibilidades de su afecto. Piensan que al encontrarse lo que ellos llaman el “amor de su vida” han tropezado con el amor verdadero. Sin embargo, el otro, aquél o aquélla a quien entregan todo su amor, más que ser un elemento liberador, es un elemento esclavizante. El amor entre dos no debe convertirse en cadenas.

   El hombre y la mujer deben realizarse en la comunidad, en el mundo, en el trabajo; deben llenarse de amor y una vez conseguido esto, pueden, porque también son cuerpo, simbolizar su cariño en un ser concreto de carne y hueso, pero sólo después.

   En este sentido, muchos jóvenes esperan, una vez que han realizado su encuentro con el otro o con la otra, empezar a encontrarse con el mundo, y lo único que consiguen es aburrirse porque están vacíos de sí mismos.

   En el terreno del amor el proceso es inverso. Primero hay que enriquecer el propio corazón con un encuentro plural para, a través de él, realizarse dos en un encuentro singular. Pero realizarse no significa estar libre de todo sufrimiento. “El amor contribuye a nuestro crecimiento y también participa de nuestra poda”. (K. Gibran).
   José María Arroyo. Profesor de EGB jubilado.

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