Dejemos que los niños sean niños

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   El programa televisivo Eurojunior y algunos desfiles de moda infantil me han hecho pensar en los niños que, de una forma u otra, se encuentran sometidos a la enorme tensión de ser activos, populares y campeones. Para que consigan estos éxitos se espera que trabajen incansablemente, se les fijan objetivos propios de los adultos, se les urge a que actúen como tales y se les presiona para que entren prematuramente en un mundo de actividades y responsabilidades de adultos.    Algunos expertos opinan que, hasta cierto punto, es beneficioso que niños vivan bajo estas presiones, pero diferenciando las que son importantes y las que no lo son. Existen ciertas presiones normales que deben soportar todos los niños, pero si les exigimos que sean más inteligentes y expertos de lo que su capacidad les permite, tendrán serias dificultades y sufrirán sus consecuencias.   Los educadores deben alertar a sus educandos a una sana competencia, pero sólo gradualmente, conforme los educandos vayan adquiriendo fuerza para soportarla, y conocer lo que sean capaces de realizar en el futuro, a su manera y en su momento.

   Es preciso hacer un esfuerzo para suprimir la cada vez más extendida presión social sobre los niños para que éstos rivalicen, triunfen y se comporten como adultos.

   Los niños no están lo bastante maduros emocionalmente para hacer proyectos para un futuro lejano. Lo más importante de todo es que sepan que se les quiere por sí mismos, aunque fracasen o no participen en una competición.

   Resulta paradójico que un niño sometido a presión para que madure más rápidamente puede terminar siendo un adulto fracasado, mientras que el niño que recibe amor y comprensión sin ser presionado, tendrá con el tiempo la seguridad emocional necesaria para ser feliz.

   El niño se desarrollará mejor cuantas menos presiones indebidas se ejerzan sobre él. En lugar de forzarle a una falsa madurez, deberemos darle tiempo y libertad para que se desarrolle a su propio ritmo y según su propia capacidad.

   El niño necesita serenidad para crecer y no la acumulación de ocupaciones extraescolares, conocimientos dispersos y estímulos a los que está sometido. Debemos acostumbrarnos a verlo como una persona con sus propios derechos, no como una burda imitación nuestra que podemos usar a nuestro antojo. Podemos esforzarnos en ser como él, pero no debemos pretender que él sea como nosotros.
José María Arroyo. Profesor de EGB jubilado.

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One Response to Dejemos que los niños sean niños

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