El pequeño valor de la puntualidad

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   Varias veces al día la radio da la hora exacta; ni un segundo más o menos. Y en el lenguaje corriente, decir de alguien que es exacto, es alabarle su puntualidad en hallarse presente a la hora convenida.  

   La palabra exacto es la traducción de un participio latino que significa acabado o, mejor aún, ejecutado, conforme a un modelo trazado. Un trabajo exacto ha de ser realizado con cuidado. Este cuidado y precisión caracteriza al hombre puntual, que cumple exactamente lo que debe. 

   A veces, puede ocurrir que nos olvidemos de la hora que es, que calculemos mal el tiempo o nos retrasemos a causa de un incidente imprevisto. Estas excepciones son fácilmente tolerables por los demás. Sin embargo, las personas que habitualmente se retrasan pueden llegar a exasperarnos. 

   La mayor riqueza 

   La falta de puntualidad supone una falta de consideración a los demás. El niño que a la hora fijada no está de vuelta a su casa da motivo a su madre para inquietarse, cosa que podía haberse ahorrado. Si no es conveniente hacer aguardar a un superior, es una falta de delicadeza, siempre censurable, hacer aguardar a un inferior. En todo caso, a quienes hacemos esperar pierden un tiempo precioso que podrían utilizar mejor. 

   Cuentan del caballero Aguesseau, que la falta de orden y puntualidad de su esposa hacía que siempre se retrasasen las comidas. El caballero disimulaba su impaciencia escribiendo; de este modo, aguardando la hora de las comidas, llegó a escribir una obra importante que dedicó, naturalmente, a su esposa en amable y justa venganza. 

   El tiempo es una de las mayores riquezas que poseemos. Es preciso, por lo tanto, emplearlo siempre bien. El que se retrasa causa perjuicio a los demás, pero también él sufre un menoscabo. Sus faltas de puntualidad demuestran que es incapaz de imponerse una disciplina, sea que desperdicia su tiempo, sea que abarca más de lo que puede. Los que llegan tarde suelen ser de dos clases: los callejeros, que siempre tienen tiempo, y los que tienen siempre tanta prisa, que hasta llegan a perder el aliento. 

   Hay en la falta de puntualidad una gran dosis de egoísmo. Puesto que nos resulta tan desagradable esperar, propongámonos no hacer esperar a los demás. 

   No a la precipitación 

   Aprovechando el tiempo podemos saber y hacer mucho, y a la vez evitamos la precipitación, ese otro enemigo de la exactitud. Organicemos nuestros días sin congestionarlos, teniendo previsión aun de lo imprevisto. Llegar pronto sin llegar apresurados. 

   El exceso de trabajo y el desparramamiento dañan la calidad de lo que hacemos. Muchos creen obrar cuando no hacen más que agitarse. Reservémonos todos los días unos momentos de descanso; no son, en ningún caso, minutos perdidos, sobre todo sin son empleados en conversar o distraerse en familia.  
   José Antonio Alcázar. Revista Hacer Familia. www.edicionespalabra.es

   Con la autorización de: www.edufam.com

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