6. Comparativa que invita a la reflexión

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   Parece bastante obvio, que con las actuales formas de agrupamientos, no se está dando una respuesta satisfactoria, a las necesidades de los diferentes alumnos.

   Incluso podríamos afirmar, que ha habido una INVOLUCIÓN en educación en la última década. Se pretendía la extensión de la obligatoriedad, hasta los 16, y siendo honestos, y viendo los niveles reales de absentismo, en las diferentes clases de alumnos con 14, 15 y 16 años, las cifras no son nada alentadoras, en relación a la última década.

   Recordemos que entonces los alumnos, estaban obligados a permanecer en los colegios, hasta los 14 años, pero como muchos repetían en primer ciclo de egb, final de 1ª etapa, en 5º curso, y luego en 2ª etapa, en 6º,7º u 8º, no era difícil tener bastantes alumnos escolarizados hasta los l6 años, si realmente querían conseguir título de graduado, que le permitiera estudiar en los institutos, o como requisito para acceder a determinados trabajos. El certificado de escolaridad se obtenía con 8 años de asistencia al colegio, permitía el acceso a la formación profesional.

   Al instituto, solo accedían los mejores estudiantes, los que habían aprobado todos los cursos, y todas las materias de los mismos.

   A quienes el estudio no parecía interesar, se colocaban de aprendices de oficios, y entraban en la mejor escuela, la escuela de la vida, donde el trabajo forma mucho más, que el “aprendizaje vandálico”, que algunos alumnos, han hecho en los institutos, al verse obligados a permanecer en ellos, sin talleres, aulas ocupacionales, o cualquier opción educativa, que les tuviera en cuenta.

   En los antiguos colegios públicos, donde estudiaban alumnos de 12 a 16 años, la 2º etapa, se programaban talleres variados, donde se presentaba un abanico lo suficientemente amplio e interesante, para que los alumnos, se enganchasen. Eran voluntaristas, y además de desarrollar determinadas habilidades y destrezas, pretendían mejorar el clima de convivencia y lo conseguían, en la medida de que el alumno, que no iba bien, en aspectos académicos, podía sentirse valorado, integrado y apreciado, en este tipo de talleres, con lo que no tenía interés en llamar la atención, cometiendo actos vandálicos, como los que se han sufrido en los institutos, en los últimos años.

   Posteriormente, las aulas ocupacionales, fueron una apuesta que no exentas de riesgo, dieron una respuesta educativa, bastante interesante a determinados alumnos entre 12 y 16 años, lo que hoy es la eso. Básicamente, se implantaron a petición de los centros tipificados Caep, -centros de actuación educativa preferente, que normalmente situados en zonas de difícil desempeño, barrios de alto riesgo y déficit socio-culturales, pretendían enganchar a los alumnos de más carencias. Constaban de un maestro tutor, con un perfil muy concreto, sobre todo que se implicase con los alumnos, y fuera capaz de ganarse su confianza, para a partir de ahí, ir avanzando, a nivel académico y humano. Además, los ayuntamientos se mojaron, y enviaron un monitor, que enseñaba algún oficio, y los alumnos pudieron hacer pre-aprendizajes de carpintería, electricista, fontanería, albañilería, jardinería…

   Las clases tenían entre 8 y 15 alumnos, y con éstos consiguieron no sólo que viniesen al colegio, sino que se centrasen más en hacer en positivo, que en destruir para llamar la atención. Sé de algún colegio, que mejoró su mobiliario de bancos, armarios, corchos en las pizarras, gracias al trabajo responsable de estos alumnos “problemáticos”, que trabajando para la comunidad educativa, gozaron del respeto y aprecio no solo de sus profesores, sino del resto de compañeros. Es evidente, que detrás había un excelente maestro, pero esos alumnos que estuvieron en ese taller, aprendieron mucho más, de lo que pueden imaginar los que se dedicaron a romper en los institutos, sillas, mesas, bancos, paneles, azulejos, lavabos, duchas, cisternas, árboles, interruptores….

   Que nadie se apure, que no pretendo “egebeizar” la eso. Lejos está de mí, tal intención, aunque es evidente, que si hubiera habido muchos más maestros con experiencia en este tramo de edad, en el primer ciclo de la eso, las cosas habrían ido mucho mejor, en cuanto a disciplina, y muy probablemente sin tantas expulsiones, ni absentismo.

   Lo de las “Aulas ocupacionales”, fueron experiencias piloto, que no debieron contentar a las autoridades educativas, porque desaparecieron, sin casi mediar explicación, de un año, para otro. Así, dejaron “colgados”, a algunos alumnos, que hubieron de integrarse a las clases normales, después de dos o más años, de estar en el “aula ocupacional”. Les costó integrarse, pues las aulas habían sido beneficiadas con una triple discriminación positiva:

   a) Académica: los alumnos, obtuvieron el graduado, sin dar alguna materia, se les hizo una adaptación curricular significativa.

   b) Económica: estos alumnos, fueron dotados con además de un presupuesto generoso de materiales, para la realización de sus talleres, ayudas para realización de viajes, compras de equipos…

   La cuestión que causaba sorpresa, cuando se veían las cuentas en el consejo escolar, es cómo era posible, que 15 alumnos, tuvieran más presupuesto que 150.

   c) Comportamental: la forma de funcionar las aulas, era mucho más flexible, en cuanto a horarios, comportamientos,..etc.

   Estas ventajas de las aulas, producía cierto agravio comparativo, respecto al resto de la comunidad. Por otra parte, ejercían un efecto llamada, sobre algunos alumnos de la escuela, incluso sobre otros alumnos excluidos, o difíciles, de otras comunidades, menores penitenciarios…, motivos por lo que el maestro responsable deseaba otro espacio alejado del entorno educativo.

   Por otra parte, los criterios para entrar en las mismas, nunca estuvieron claros. Si supuestamente estaban para los alumnos más conflictivos, y problemáticos a nivel conductual, poco tenían que hacer bajo esa influencia, algunos alumnos que tenían más dificultades de aprendizaje. Y sin embargo, coexistieron y se integraron. No hubo casi proyectos mixtos, es decir, que las chicas, quedaron bastante excluidas, siendo puntuales su participación en las aulas, incluso en los casos, en que la responsable tutora del aula, fuese una mujer.

   Puede que éstas y otras causas, fueran las que determinaron, que de un año a otro y de un plumazo, desaparecieran. En cualquier caso, el balance, por lo que conozco, es muy positivo, incluso con las posibles pegas, que suelen ponerse en estos casos: ¿cómo vamos a premiar a los alumnos más conflictivos, dándoles más medios?, ¿no hará esto, que haya muchos más alumnos, que empiecen a portarse mal, para así gozar de los beneficios de las aulas?…

   Estas cuestiones habrán de revisarse y corregirse. Pero no deben olvidarse estas experiencias, porque supusieron un intento exitoso, pese a los “peros”, que se les pongan, de dar respuesta a los alumnos excluidos, marginados, intitulados…

   Al margen de las aulas ocupacionales, los mismos alumnos que antes se autoexcluían del sistema educativo, hoy los excluimos, con expulsiones, absentismos ¿propiciados?…

   No estoy añorando volver al pasado, ya que no puedo apoyar que el joven de 14 años, tenga que verse obligado a trabajar, si no desea estudiar, pero sí, hecho de menos, que no se les enseñen oficios, escuelas taller, o aulas ocupacionales, que en el pasado fueron una apuesta, que supieron dar respuesta educativa, a estos alumnos.

   Las escuelas taller, fueron otra apuesta interesante realizada por algunos ayuntamientos, capaces de formar a jóvenes a partir de los 14, 15 años, y que estaban algo perdidos. Hoy no se permite la entrada a la formación laboral hasta los 16 años, y me parece muy bien, esa convergencia con los países europeos. Está bien, dar una amplía formación de base a toda la población, pero habrá que hacer un esfuerzo por adecuarla, a todos, sin exclusiones.

   Dar el mismo “menú” para todos los alumnos de la eso, ha sido frustrante, para todos, ya que no se han tenido en cuenta las diferencias. Urge avanzar hacia formas más sutiles de atención a la diversidad.

   No soy partidario sin más, de aplicar medidas de discriminación positiva , respecto a los grupos de marginados, excluidos, expulsados, absentistas…, que corrijan ciertos desequilibrios, volcando medios materiales y humanos, sin revisiones o controles posteriores, como equivocadamente, se ha hecho en algunas actuaciones del pasado. Soy mucho más partidario, de la prevención, de ahí la necesidad de tomarse en serio la educación, y no instrumentalizarla políticamente.

   Ya he comentado, la necesidad de enfatizar el valor del esfuerzo, y enseñar que los logros académicos, son una consecuencia del mismo, y que no es bueno, que el niño, haga lo que haga, da igual, repite como mucho un año, en primaria.

   Esto, tendrán que revisarlo y corregirlo, para evitar males mayores. A otros corresponde dicha tarea. También he comentado, la necesidad de bajar ratios, para mejorar la relación con alumno y la calidad de la misma, lo que supondría más dotación de recursos humanos operativos.

   Deseamos que éstas y otras mejoras, que personas más sagaces puedan sugerir, se vayan haciendo, poco a poco, ya que en educación bueno es ser prudente, y dar los pasos cortos, pero seguros.

   Mientras tanto, con la realidad actual que se da en cada instituto, lejos de tirar la toalla, debemos preguntarnos, qué podemos hacer para que los institutos además de ser centros de enseñanza, fueran de educación. Ya sé, que estamos lejos en algunas clases de enseñar algo, a determinados alumnos, y que lo de educar, a algunos, les parece más responsabilidad de los padres. La cuestión, sigue siendo, cómo conseguir un clima de convivencia pacífica, de buena educación, donde el respeto sea la norma básica, y se permita aprender y enseñar con normalidad, y tranquilidad.

   He estado más de 18 años, en un colegio, de los que teóricamente son de difícil desempeño. Cuando llegamos al mismo, no existía nada, ni un triste casette, ni siquiera libros; la biblioteca, se había quemado en cursos anteriores.

   Hemos sufrido varios robos, de materiales diversos, en estos años. Sin embargo, a medida que iban pasando los años, íbamos sintonizando e implicándonos más y mejor con los alumnos, y la realidad de los mismos, notábamos que el respeto del barrio a la escuela iba en aumento, exceptuando algunos casos puntuales.

   Como docentes, nos habremos equivocado muchísimas veces, incluso habremos cometido graves errores, sin embargo, las relaciones que mantuvimos con los alumnos, en muchos casos, perduran y además de haber respeto, hay afecto mutuo. Esto lo constato cuando veo a un ex-alumno, ya treinteañero, o veinteañero, y nos alegra el encuentro; además, si veo algún ex-compañero, a pesar de las diferencias que hayamos podido tener en el pasado, nos une el grato recuerdo, y la emoción que sentimos al recordar a tal o cual ex-alumno, a quien ahora le va la vida de esta manera…, además de haber intentado trabajar en un proyecto común EDUCATIVO.

   Por aquel entonces, ya trabajábamos, no sólo educación vial, educación para la salud y consumo, educación para la igualdad y la tolerancia, la no discriminación, ni racista, ni sexista,.., educación medio-ambiental…

   Creo que fuimos de los primeros, que conseguimos concienciar a los alumnos para que usaran las papeleras en los recreos, y que nunca tirarán nada al suelo. Recuerdo un viaje, con los alumnos, en el que hicimos una parada, en un bar de carretera, y tomamos un “bocata”. Los camareros, se sorprendieron de que ninguno de los 57 alumnos, que llevamos tirase una sola servilleta o envase, al suelo. El conductor del autobús, también nos felicitó, porque nunca nadie, había dejado el autobús, tan limpio, en los muchos años que llevaba de conductor. Además se mostraba algo confundido, porque ni en el bar, ni en el autobús, había escuchado a ninguno de los dos profesores que íbamos, ni una sola palabra, que recordara a los alumnos, la conveniencia de dejarlo todo limpio.

   Qué lejos está aquella realidad, de hace más de 10 años, de las que hoy se contemplan en los recreos de los institutos, donde los papeles, restos de comida, latas, bolsas…, te las encuentras por el suelo, y no en las papeleras que es donde debían depositarse. Claro que esta parece una costumbre, muy arraigada socialmente, y si no, véanse las playas, ciudades, barrios, espacios naturales, protegidos o no…,donde mucha gente, supuestamente olvidadiza, no duda en dejar su huella, allí por donde pasa, aunque tenga la papelera a escasos metros.

   Una de las claves, además del compromiso de educar en valores, estaba en la buena relación, que se mantenía, gracias entre otras cosas, a ratios, que no superaban los 15 alumnos por clase. A veces, podían llegar hasta 30, pero los teníamos 3 años, de manera casi continuada y eso nos permitía un conocimiento exhaustivo de cada alumno.

   El colegio estaba limpio, aparte de las excelentes limpiadoras, los alumnos ni pintaban en las mesas, ni en los servicios,…, todo estaba bien cuidado, limpio, y eso fue lo que más le llamó la atención, al delegado de educación, cuando vino a ver en qué condiciones se hallaba tan “nefasto colegio”.

   Unos años más tarde, con la masificación que supuso la integración, de los alumnos de los colegios, a los Ies, el deterioro de esta instalación, era más que evidente. El caos se había adueñado del mismo, no se habían previsto, ni siquiera, que en clases de 42 metros cuadrados, no se pueden meter más de 26 alumnos, y mucho menos, de aquella manera.

   Además de echarse en falta más maestros del primer ciclo de la eso, por aquel entonces, que eran los que tenían experiencia en este tramo de edad, se juntó a todos los alumnos, en un intento de igualar, sin tener en cuenta ni sus intereses, capacidades, expectativas, antecedentes, e historia previa…

   Si a esto le añadimos, la despersonalización que supuso el tan abundante número de especialistas, que además de conocerlos poco, se enfrentaban a un nuevo tipo de alumnos, de menor edad, menores niveles cognitivos, menores intereses en general, que distaban bastante, de los de bachillerato, la masificación de los “macro-institutos”…, el caos era de esperar.

   Defendíamos entonces, como ahora, la apuesta por una escuela de valores, en la medida que éstos fueran útiles para la vida. Nos parecía entonces, que la educación medio-ambiental, la educación para la salud y consumo, educación vial…, además de ser significativos para los alumnos, por el interés que despertaban, nos estábamos implicando como docentes, en un tipo de educación que intentaba mejorar algo la sociedad.

   Entiendo que con demasiada frecuencia, hay una tendencia general, para que la escuela supla todas las carencias educativas sociales, con lo que se contribuye a sobrecargar más, los planes de estudio, obligando a comprimir algunos temas, lo que hace que se den más rápido, y eso perjudica el aprendizaje de los mismos.

   Ante esta disyuntiva habría que intentar armonizar ambas posturas, diseñando currículos, por una parte, que exijan conocimientos mínimos obligatorios para todos, sobre todo en destrezas básicas, comprensión de un texto, cultura matemática y científica, que son los indicadores del informe “pisa”, que ha disparado las alarmas, de los bajos niveles generalizados de los institutos, y por otra, que tenga en cuenta, los valores que queremos transmitir a los jóvenes, además de considerar sus intereses, expectativas, capacidades, de los diferentes alumnos, para que éstos se impliquen en su propio proceso de aprendizaje, y comprendan que lo que aprenden les sirve, es útil a su vida, vale la pena hacer el esfuerzo.

   Naturalmente para llevar esto a cabo hacen falta ratios más bajas, lo ideal, 15 o 20 como mucho, dependiendo de grupo de alumnos, motivación….

   Por supuesto habrá que huir de etiquetar a nadie de “vago”, porque no sepa, tal o cual cosa, que debiera haber aprendido, mucho antes; el problema es que si nadie lo ha persuadido, para aprenderlo, toda la responsabilidad no es de él, tampoco es del sistema, que no realizó controles, o le despertó el interés, o lo convenció por otras vías, o sencillamente lo obligó; aunque no soy partidario de que nadie haga algo, contra su voluntad, para evitar futuros resentimientos…

   El caso es que parte de la responsabilidad es del individuo, que no podrá exculparse, amparándose en su condición de víctima del sistema.
   Con la autorización de: S. Sánchez García. http://rutas6.blog.com.es/

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