Aprendamos a educar personas libres

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    Hay temas que despiertan nuestro interés de un modo especial, y la libertad es uno de ellos, una de las grandes cosas que producen una atracción irresistible, primero como descubrimiento vital, después como herramienta imprescindible para vivir y finalmente como ingrediente en la tarea educativa.

    Pero la libertad de cada persona, es un hecho diferencial en el que se fundamenta la dignidad del hombre y su superioridad a los seres que carecen de razón.

    Por eso, padres y educadores contamos con un quehacer educativo que a través de múltiples estímulos hacemos que lleguen a nuestros hijos y alumnos la adquisición de conocimientos, hábitos y destrezas, virtudes y actitudes, que le faciliten el dominio sobre sus propios actos. La educación, trata de: luminar la in­teligencia, fortalecer la voluntad y limpiar los sentimien­tos del egoísmo”.

    Así, la tarea de educar, y educar en libertad es tan difícil como importante. Hay quienes por afanes de libertad mal entendida, no educan; y otros por afanes pedagógicos desmedidos no respetan la libertad. Por eso, busquemos el equilibrio, sabiendo que la libertad es el arma más preciosa para llevar a término nuestra singladura personal y la de aquellos a los queremos educar.

    Así, padres y profesores hemos de estar prevenidos contra los reduccionismos que empequeñecen la educación, como sería el adoctrinar en vez de enseñar o sólo instruir, en vez de educar, ya que educar no consiste en meter a presión al alumno o hijo en un molde, sino en un proceso que tiene su punto de referencia en la verdad, la persona ha de ir descubriendo por sí misma, hasta tomar la decisión de vivir conforme con la verdad hallada.

    En definitiva, se trata de: permitir a cada hijo o alumno formular su proyecto personal de vida, que le ayude a fortalecer su voluntad de modo que sea capaz de llevarlo a término, al tiempo que desarrolla su capacidad de amar.

   Pero para educar hay reflexionar sobre. El PROPIO EDUCADOR

   El padre ó maestro que desee educar en y para la libertad no sermonea, sino que observa y escucha con interés para conocer lo que despierta su curiosidad, sus intereses, sus pasiones, sus anhelos. Se coloca en el lugar del otro y se esfuerza por comprender sus puntos de vista, aunque esté una generación más allá; en definitiva, mantiene la juventud de espíritu que le permite aprender de quienes está enseñando.

    El padre ó maestro es el «camino» para otros, que, mirándole a él, se en­cuentran a sí mismos. Un antiguo dicho popular reza: «Búscate un maestro al que puedas apreciar más por lo que ves de él que por lo que oyes de él» Transmitimos lo que pensamos, pero sobre todo transmitimos lo que somos, porque lo que de verdad con­mueve, convence, impacta y estimula, es la personalidad del otro.

    Por tanto, conviene que crezcamos en la conciencia de nuestra responsabilidad, todo lo que hacemos influye en el ambiente que nos rodea. Los educadores también somos «hijos de nuestro tiempo». Si queremos orientar eficazmente a otros, tenemos que saber discernir lo verdadero y valioso de lo que es mero brillo y propaganda.

   Por tanto nuestra tarea está en:

   En conocer y respetar a cada de nuestros hijos y alumnos

    Pues cuanto más amamos a un niño/a, mejor crece, y más confianza tiene en el mundo. Así, cuando se respeta el propio ser, la propia origina­lidad, el niño puede adquirir una alegre autoestima, que posibilita la educación. No se puede modelar el hierro frío; pero cuando se le calienta, es posible formarle con delicadeza.

    Exigir a los hijos o alumnos con una exigencia cordial y amable que les ayude a reflexionar sobre su propia situación y a esforzarse por superar los defectos y por consolidar sus cualidades positivas es una muestra patente de cariño. De la misma manera, “no exigir lo que se puede y se debe exigir es una muestra evidente de falta de respeto”

   Ejercer una sana autoridad

    Algunos padres ó maestros alcanzan cierto prestigio, porque se hacen obedecer y temer. Pero si miramos más atenta­mente, veremos que la obediencia de sus hijos ó alumnos se li­mita a cumplir las órdenes recibidas, y que está coaccio­nada por la estrecha vigilancia de éstos. No hay amor y, por eso, las enseñanzas se quedan en la superfi­cie: no tocan el corazón ni transforman por dentro. “Un educador que no sabe más que inculcar obligaciones al niño, formará tal vez hombres sumisos, pero de muy pocas convicciones y de escasos arranques”.

   Hoy en día, el término «autoridad» es muy poco popular porque, al pronunciarlo, se dice autoridad, y se piensa en autoritarismo. La etimolo­gía latina de la palabra sugiere justamente lo contrario. El sustantivo auctoritas, derivado de auctor, viene del verbo augere, que significa «incrementar», «hacer crecer».

    Para el educador mandar es servir, y no dominar. Es servir al otro en todas las dimensiones de su ser, desde lo más material hasta lo más espiritual.

   Un buen educador está dispuesto a ver en cada persona a alguien que es querido tiernamente por Dios y tiene la firme convicción de que, detrás de cada fa­chada, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar.

   Evitar rigorismos y forjar la voluntad

    La psicología nos enseña que una persona puede romperse, si se le exige continuamente «más de lo mismo»: más trabajo, más méritos, más velocidad, más dinero, más producción…

    Está bien aprovechar las capacidades, pero resulta peligroso obsesionarse con los resultados. Es innegable que la disciplina ennoblece. Pero una disciplina exagerada resta vigor y fortaleza, al hombre, y apresura su degeneración.

    Si en el trato con los jóvenes se insiste en machacarles, con preceptos y amonestaciones, para que aprovechen bien el tiempo y rindan, lo único que se conseguirá son personalidades torcidas que, finalmente, han interiorizado las exigencias y ya no pueden disfrutar de la vida.

    Es cierto que Cristo pide a sus discípulos que den frutos. Pero esta exhortación ha de comprenderse en el contexto evangélico, y no según las claves de interpretación que se utilizan en las sociedades de rendimiento.

    Por eso, forjemos una voluntad fuerte como elemento imprescindible en la búsqueda de la felicidad, puesto que con frecuencia nos encontramos a muchas personas que carecen de esa fuerza de voluntad porque han sido educadas en una atmósfera de permisivismo, fruto de un mal entendido sentido de la libertad que ha impedido formar en la exigencia. El fracaso del permisivismo refuerza la idea -de sentido común- de que toda persona ha de aprender a esforzarse seriamente si quiere conseguir cualquier objetivo valioso en su vida. Y sobre todo, en las primeras etapas de la vida, en las que se va conformando el carácter.

   Orientar y educar hacia ideales grandes

    Así pues, nuestra tarea está en orientar y educar hacia grandes ideales: que aprendan a observar, a sentir y a vibrar con la naturaleza, con la música, con la lectura, con la conversación… abrir inquietudes, despertar intereses, sembrar curiosidades.

    Podemos ayudar a los jóvenes a descubrir la dignidad humana y el auténtico sentido de la vida. Si una persona tiene un proyecto vital muy alto, lucha con ilusión por conseguirlo y está dispuesta a renunciar a cosas secundarias y triviales. Hagamos de nuestros hijos y alumnos seres fecundos que es otra cosa que hacerlos seres productivos. Una persona puede producir mucho, obtener resultados y méritos incontables por su trabajo, y no ser verdaderamente fértil… Podemos estar completamente seguros de que, lo que permanece para siempre, no será nuestro dinero, ni el aplauso. Lo único que contará al final de nuestra vida, será el amor que hemos ofrecido y recibido a nuestros hijos y alumnos.

    Un buen educador se caracteriza por una magnanimidad desinteresada. No es el que soluciona todos los problemas, sino el que enseña a sus alumnos cómo se han de conducir ellos mismos, libremente, por la luz de su propia razón, sin necesidad de vigilancia o controles. De este modo, se hace gradualmente innecesario, se retrae y se oculta cada vez más: «luce porque no aparece, brilla porque nadie le aplaude», dicen los orientales.
    Sin embargo, goza de la profunda satisfacción de que sus hijos y alumnos tienen metas grandes y la ilusión por alcanzarlas; y que tienen la conciencia clara de ser ellos mismos los protagonistas de su vida.
   Por ARACELI PÉREZ BERMÚDEZ. Maestra de Educación Primaria

BIBLIOGRAFÍA:

– Jutta Burggraf. La libertad vivida Ediciones Riatp, S.A. MADRID
– José Luis González Simancas. Educación: libertad y compromiso.
Eunsa. Pamplona, 1992
– Vázquez, A. (1991), Educación familiar y sensatez, Madrid, Epalsa
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2 Responses to Aprendamos a educar personas libres

  1. Ilde dice:

    Felicidades atodos y llevare a cabo este comentario en horabuena saludos

  2. jesus vieyra dice:

    Da emocion leer estos articulos de personas verdaderamente interesadas y estudiosas de la educacion, del amor y juicio recto en la educación. Bien por que haya trabajadores así

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