Personalidad: Escuchar, pero escuchar para aprender

Capacidades

   Cada persona está permanentemente dándose a conocer, irradiando mensajes, comunicando. A través de esos mensajes –la mayoría de ellos no directamente conscientes–, cada persona se gana la confianza o desconfianza de quienes le rodean.

   Si tienes un carácter irascible, o voluble, o inmoderado, es difícil que llegues a crear confianza a tu alrededor. Si no coinciden tus hechos con tus palabras, tampoco. Si eres demasiado distante o mordaz, o escuchas poco, menos aún.
Es preciso escuchar,
pero escuchar
con verdadera intención de comprender.

   Hay personas que quizá escuchan bastante, pero no escuchan para comprender, sino que escuchan para contestar, para colocar sus ideas o sus aventuras en cuanto tengan el más mínimo resquicio. Mientras escuchan, sólo prestan atención a las ocasiones que su interlocutor les brinda para hablar entonces ellos de sí mismos. Apenas les interesa lo que oyen y, en cuanto pueden, interrumpen con su consejo vehemente, con su historieta aburrida, con su opinión reiterativa y no solicitada, con su verborrea agotadora. No se esfuerzan en dar consejos útiles, se limitan a recomendar lo que piensan que a ellos le ha ido bien. Como el oculista de que hablábamos antes: ofrecen sus gafas al paciente sin reparar en si son adecuadas para él o no.

   Para acertar con cualquier consejo –parece bastante obvio, pero quizá no esté de más decirlo–, hay primero que dedicar atención al problema y hacerse cargo bien de qué le pasa a la persona a quien se lo vamos a dar. Mi experiencia en conversaciones de orientación personal, sobre todo en los casos más delicados y complejos, es que casi siempre, después de un buen rato de escuchar con atención, acabas sacando conclusiones sensiblemente diferentes a las que venías predispuesto al comenzar la conversación.

   Hay padres, por ejemplo, que se quejan amargamente diciendo cosas como “No entiendo a mi hijo. Está en una edad muy difícil. Es tremendo, es que… ¡ni me escucha!”. Y quizá en la propia formulación de la queja está la raíz del problema: parecen decir que no entienden a su hijo porque no les escucha, cuando para entenderle lo que deben hacer es sobre todo escucharle ellos, no que les escuche él. Muchos de estos casos se habrían resuelto –o pueden aún resolverse– con una adecuada actitud de escucha.
Hay que escuchar con verdadera intención
de comprender a la otra persona,
y no sólo en el plano intelectual,
sino también en el emocional.

   Esto es importante porque no basta con entender lo que piensa, también hay que entender lo que siente. Porque la vida no es sólo lógica, ni sólo emocional, sino las dos cosas.

   Por Alfonso Aguiló. Con la autorización de: www.interrogantes.net
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