El respeto a la dignidad humana


   El respeto es lo que pide a gritos la dignidad humana y la libertad. Una palabra llena de significado en todos los ámbitos de la persona y de las relaciones sociales. No parece entrar de lleno en las grandes construcciones de la consideración política, pero goza de un aprecio tan común -tan popular-, tan serio en la vida de los individuos, que nos parece totalmente exigible, necesario e irrenunciable. Sin respeto la convivencia se resquebraja; con respeto la convivencia se torna fluida, amable, feliz, importante, y con tornasoles de creciente desarrollo en la cultura, en los valores y en las cualidades morales de la personalidad. 

   No es de extrañar porque los autores, cuando rozan la atención a esta cualidad del respeto, lo fundamentan en la dignidad de la persona por estar «dotada de inteligencia, de libertad y de destino trascendente» (Royo Marín, p. 727). Vista así la fundamentación del respeto, yo añadiría que no sólo es una actitud de benevolencia -como quien dice, opcional y de buena educación-, sino con carga imponente de justicia que se debe observar con cada persona. Aunque el respeto hay que ganárselo día a día, mereciéndolo con una conducta de dignidad igual que resplandece en las obras; no sea que se reivindique el respeto cuando se ha renunciado a él, al pervertir los pilares que sustentan la dignidad y podría no merecerlo.

   Pongo por caso el terrorista fanático y encallecido, que se gloría de sus crímenes; o el político que, cínico y engreído, desprecia al ciudadano y atenta contra el bien común en abuso flagrante del poder, impulsado por un constante delirio de perversión y tiranía.

   De todas formas, si nos ponemos a valorar y medir la dimensión del respeto, hay que remontarse al respeto original y supremo que se debe a Dios, autor de la creación y en especial del hombre. No acepto la evasión del ateo o del agnóstico, porque sería una falacia irracional y, por tanto, absurda. Negar la relación inviolable con Dios -el respeto a Dios- es lo mismo que negar la relación con los padres, con los progenitores. Sé que hay hijos que reniegan de sus padres -es anormal, no es normal-, y con su comportamiento nada racional les hacen sufrir lo indecible porque los padres viven y se desviven por los hijos; pero no conozco a nadie que exista sin padres. Si  prescindimos de los padres, suprimimos a los hijos, pues sin los que nos han dado el ser -la vida-, desaparecemos. Con una hipótesis tan curiosa, el murciano aquel me contó un chiste muy gracioso. La relación con Dios, autor de todo, es igual, pero absolutamente esencial y brillante. Nada ni nadie existe sin Dios, y un día, sin remedio, el fanfarrón de la increencia  lo certificará.

    De ahí se deduce una consecuencia trascendental: la necesidad  de principios y normas que regulen y compongan el respeto. Respeto a la persona -respeto a Dios-, respeto a los principios, respeto a las normas. Sin eso la vida entre los hombres es barbarie, arbitrariedad, cinismo, abuso, transmutado el respeto en la ley del más fuerte. Y como el hombre es un ser caduco y transitorio, se origina un caos inadmisible porque ese más fuerte también pasa, también muere, perece, casi siempre a manos de otro que se le impone y supera en el cinismo, en la arbitrariedad, en el egoísmo, en la arrogancia, en la fatuidad, con fracaso seguro, aunque no aparezca inminente. La ley del más fuerte es un sofisma inequívoco. No está explicitado, pero no es difícil entrever que el primer respeto -tras el respeto a Dios- es el que el individuo se debe a sí mismo. Es -debe ser- el criterio y pauta que regula y dirige en la esfera personal el comportamiento libre y social. 

   Entonces el respeto no sólo hay que practicarlo, sino exigirlo con firmeza incoercible. En la vida social, por ejemplo, con el voto inteligente, libre y responsable, reclamando a los gobernantes el respeto y la solicitud por el bien común, que es la razón de la autoridad. Y si son negligentes en este menester, al que deben comprometerse y se comprometen al ser aprobados en las urnas, son responsables y se les debe exigir toda su responsabilidad. El bien común incluye de modo inexorable, indispensable, inviolable, el respeto o derecho a la vida, el respeto a la familia, el respeto a la conciencia, el derecho a la educación, el respeto a las personas, que son las que constituyen la sociedad donde los gobernantes ejercen el poder. Y no sólo es derecho sagrado, sino obligación gravísima que los ciudadanos deben exigir sin dispensa y sin tregua. 

   Estas notas ofrecen base sólida para la reflexión. Y en apoyo del examen,  presento unas sugerencias: 

   1. Se advierte falta de respeto en la sociedad moderna. No se han perdido los valores instalados y hondamente arraigados en la cultura y civilización de siglos, sino que se han destruido con intención expresa y leyes inicuas, como las leyes y programas de educación. Conviene individuar el fenómeno señalando que este trabajo coincide al pie de la letra con el color de un determinado partido político. 

   2. Urge remover los falsos cimientos con una pedagogía que vuelva a construir la civilización verdadera -después de la encarnación del Hijo de Dios, la cristiana-, y devuelva la dignidad a la sociedad, a la familia, al individuo, a la persona; pertenece a la responsabilidad de cada uno, a la hora del voto inteligente y ponderado. Con el voto todos somos responsables de lo que pasa, y educar el voto es una de las mejores pedagogías para resolver los problemas de la sociedad. Es muy cómodo rezar para que Dios nos resuelva las dificultades; aunque es cierto que la oración -el recurso a Dios- es la gran arma, hemos de movernos y ejercitar el ingenio y la libertad  facilitando la acción de la Providencia. 

   3. El respeto se alcanza y se vive con naturalidad cuando está ahormada y defendida la conciencia libre con la norma moral inmutable, clara, inequívoca, y universal.

   Jesús Sancho Bielsa
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