Diciendo “no” también educamos

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     Eso está bien, aquello está mal, así se hace, así no… nos da la impresión de que los primeros años de nuestros hijos los pasamos señalando todo lo que se puede y, sobre todo, lo que no se puede hacer. Muchos padres tienen la sensación de decir “no” mil veces al día. O, al menos, de tener ganas de decirlo, porque con frecuencia nos frena la inseguridad de prohibir cosas a nuestros hijos. En realidad, poner unos límites claros y razonables es una de las tareas más importantes para que los niños no se conviertan en unos pequeños tiranos. Y cuanto antes, mejor.

   Decir “no” de una forma razonada, como por ejemplo: “Esto no puedes hacerlo por tal y tal cuestión…” o “deberías hacer las cosas de esta forma porque…” es más efectivo que un “no” contundo y sin explicaciones.

   Aunque conviene poner límites a nuestros hijos desde pequeños, no debemos abusar de un “no” tajante ya que ellos son exploradores por naturaleza y también aprenden de sus errores.

   Es preferible utilizar un “no” en el momento preciso que dejar pasar las cosas y acabar luego con un mal humor que pagamos a destiempo.

   Enseñarles lo que deben hacer y cómo hacerlo también son formas de decirles “no” pero de una manera positiva. De este modo el niño se siente orientado y no tan coartado.

   No pongamos nunca en duda nuestra negativa; si hoy decimos “no veas la tele más tarde de las ocho” y mañana no seguimos esta indicación, perdemos credibilidad. No vale el hoy “blanco” y mañana “negro”.

   Hay que mantener con firmeza las normas que decidamos, si se las dejamos saltar un día o dejamos de vigilar su cumplimiento, los pequeños acabarán “toreándonos”. Otra cuestión es que con el tiempo vayamos reformulando nuestras decisiones.

   El “no” no excluye la aprobación. A los niños les gusta sentirse elogiados y reforzados, y de la misma manera que se les riñe cuando hacen algo mal, hay que felicitarles cuando hacen las cosas bien.

   Los límites han de seguir criterios educativos y no responder a nuestro miedo o comodidad. Por ejemplo, si nos da miedo que baje por el tobogán es preferible que estemos atentos antes que prohibírselo.

   Lourdes Mantilla Fernández.- Psicóloga clínica  
   Con la autorización de: www.solohijos.com
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