Personalidad: Apertura y receptividad

Capacidades

   Es un triste error pensar que cualquier cosa que hagamos, para que sea verdaderamente personal, debe hacerse de modo totalmente original y solitario, ajeno a toda influencia o colaboración.
Como si cualquier influencia
atentara de inmediato
contra nuestra personalidad.

   Eso supondría confundir el hecho de tener personalidad con adoptar una actitud de autosuficiencia y absolutez, que es un desatino de los más frustrantes en que se puede caer.

   —Pero en esto puede haber grados, y siempre será bueno dejar un margen amplio a la creatividad personal…

   Por supuesto, aunque cuidando cada uno de procurar no confundir la creatividad con esa vanidad pseudoinfantil que a algunos les hace pensar que están llamados a introducir novedades geniales en todo lo que hacen, y que además lo lograrán partiendo únicamente de sí mismos, sin contar con aportaciones ajenas.

   -—Desde luego, eso sería confundir la espontaneidad con la sabiduría.

   La verdadera creatividad precisa siempre de un equilibrio: no es ni el originalismo necio de quien busca llevar la contraria a todo lo establecido; ni la producción serializada y gris de quien es incapaz de introducir una aportación personal en nada de lo que hace; ni tampoco el originalismo mimético de esa gran oleada de mediocres que suele seguir a los verdaderos creadores, imitando ingenuamente su estilo sin llegar a captar su sustancia.

   -—Entonces, volviendo a lo de la influencia de los demás en nuestro desarrollo personal, ¿qué crees que corresponde a uno mismo en esa tarea?

   Ninguno nos hemos dado a nosotros mismos la vida, ni hemos determinado las características de nuestra personalidad. Sin embargo, a nosotros corresponde desarrollarla.
La plena realización de nuestra
personalidad es como
una progresiva colonización
de nosotros mismos.

   Y para lograrlo, no tiene por qué ser obstáculo el hecho de ser ayudado por otros, es decir, recibir estímulo, consejo, ánimo, ejemplo.

   —Bien, pero también existe el peligro de que ese consejo acabe transformándose en una cierta dominación por parte de otra persona…

   Naturalmente, y por eso una cosa es recibir ayuda, hacer uso de esa segunda mano que se nos ofrece, y otra muy distinta es convertir nuestra vida en una existencia de segunda mano. Son cosas bien distintas, y de una no hay por qué pasar a la otra.

   Podríamos compararlo a lo que sucede con otros fenómenos humanos como, por ejemplo, el lenguaje. El lenguaje puede parecer que coarta la libertad porque obliga a usar un repertorio estereotipado. Sin embargo, hay una enormidad de posibilidades de expresarse: basta ver, por ejemplo, la diferencia que hay entre un buen orador y quien habla torpemente.

   De la misma manera, recibir de otros una buena formación es muy distinto a ser dominado y manipulado por ellos. Es evidente que el hombre puede abdicar de su personalidad allí donde debía mantenerla, de modo que esa ayuda deje de ser una colaboración para transformarse en una dictadura, pero eso sería una perversión –o al menos una trivialización– del recto sentido que tiene el hecho de formarse.

   —¿Y dónde está el límite entre una influencia realmente formadora y legítima, y otra que fuera autoritaria e invasora?

   Para que esa influencia sea legítima, es preciso que busque formar una auténtica interioridad en aquellos a quienes se dirige. Una interioridad que, entre otras cosas, pueda resistir a las tendencias superficializadoras y dispersoras de cada época. Un sólido núcleo personal que no deje a la persona a merced de los vaivenes de la moda del mundo del pensamiento.

   Por otra parte, tener una notable autonomía personal no está reñido en absoluto con mostrar una conveniente receptividad, es decir, una apertura de mente que busque un constante enriquecimiento personal gracias a las aportaciones de los demás. Una receptividad que, como es natural, debe mostrarse solamente ante quien merezca esa actitud, y que no ha de ser pasiva sino activa, tanto en la búsqueda de las opiniones que nos merecen autoridad como en el esfuerzo por mantener después una actitud despierta ante ellas. Para lograrlo resulta preciso superar el orgullo y la pereza, mantener la necesaria frescura de imaginación y proceder con una cabal aceptación de las exigencias de la verdad que vayamos percibiendo.

   Y quien asume la tarea de formar, ha de procurar siempre hacer pensar, pues formar no es modelar desde fuera el espíritu del otro a nuestra imagen y semejanza.
Formar es
despertar en su interior
al artista latente que esculpirá
desde dentro su obra.

   Y eso aunque el resultado sea una obra imprevisible para nosotros, e incluso extraña a nuestros deseos. Mediante la formación no tratamos de conseguir la realización de unos actos determinados, ni buscamos simplemente transmitir unos criterios de conducta, por acertados que estos fueran. Se trata de buscar en cada persona el desarrollo más plenamente humano de sus capacidades, de modo que de ahí fluya con naturalidad un modo de ser y de actuar acorde con la formación que se ha ido asimilando.

   Por Alfonso Aguiló. Con la autorización de: www.interrogantes.net
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