La vulnerabilidad del menor es la educación

Instrucción y formación

   La educación es el proceso de socialización de los individuos, indispensable para que estos se desarrollen conforme a su naturaleza relacional. Es una progresiva concienciación cultural y conductual mediante la cual las nuevas generaciones adquieren los saberes acumulados de las generaciones anteriores. El proceso educativo se materializa en habilidades y valores que producen cambios intelectuales, emocionales y sociales en el individuo. En los niños/as la educación busca fomentar el proceso de estructuración del pensamiento y de las formas de expresión, ayuda en el proceso madurativo sensorio-motor y estimula la integración y la convivencia grupal.

   Desde una perspectiva psicopedagógica la educación en un sentido amplio, incluye la instrucción en conocimientos, la formación moral y, en su caso, religiosa.

   La impronta que la misma supone en la plasticidad específica del menor, es uno de los factores de influencia más relevante en la personalidad del futuro adulto. Es el conjunto de conceptos e ideas, filias y fobias, valores y contravalores del que el menor irá haciendo uso, para la configuración de su personalidad, en cuanto ser racional con unos determinados conocimientos y criterios de actuación.

   La educación no es determinante en sentido técnico, en cuanto determinista, no priva al educando de su libertad, pero sí es un gran condicionante, un elemento muy influyente en la configuración del adulto futuro ya que, a través de la misma, se llena el archivo de información del que el menor educando irá sacando las ideas y criterios clave, con los que gradualmente se convertirá en adulto y se van generando los criterios de selección de valores con los que organizar la propia vida.

   En palabras de IBAÑEZ MARTÍN “la formación de la personalidad significa dominio, conquista de sí, progresiva colonización de la propia mismidad desde la libertad”. En análogo sentido LLANO CIFUENTES afirma que “la formación es un proceso positivo de autoperfeccionamiento, de crecimiento en la autoposesión del propio ser y del propio actuar.”

   Hay un aspecto de la educación que es permanente o continuo durante toda la vida del hombre, pero no es ese el que ahora nos interesa, sino mas bien la etapa que podríamos llamar de la educación formal o escolar.

   La educación formal escolar consiste en la presentación sistemática de ideas, hechos y técnicas a los estudiantes. A través de ella se ejerce una influencia ordenada y voluntaria sobre el educando, con la intención de formarlo, aunque, como afirma RASSAM, esa influencia no tiene por qué coincidir con lo que el profesor dice o expresa sino que “se educa por lo que se es, más que por lo que se dice. Se enseña también lo que se es más que lo que se sabe. El poder del educador o profesor depende menos de sus palabras, que de la presencia silenciosa y total que los alumnos perciben”. El sistema escolar es la forma en que una sociedad transmite y, de ese modo, conserva su existencia colectiva a través de las nuevas generaciones

   Desde una perspectiva familiar, la educación es un derecho-obligación de los padres a dar y un correlativo derecho-obligación del menor a recibir, en y desde el entorno natural de su protección, la familia, la información y formación necesarias para el conveniente desarrollo de su personalidad. De hecho los primeros estadios del proceso educativo, básicos para el ulterior desarrollo, tienen lugar en el seno de la familia. En este entorno exclusivo se produce el aprendizaje del lenguaje hablado, que es determinante de todos los que vendrán luego. Además, la familia supone para el menor el entorno afectivo imprescindible, para que su desarrollo educativo pueda producirse en términos de normalidad. Es cierto que, a lo largo de la historia, se han producido teorías, algunas de tipo naturalista, otras de corte colectivista, que han propugnado una exclusión de la familia como entorno educativo del menor, pero la realidad sociológica abrumadoramente mayoritaria, en prácticamente todos los países y culturas, atribuye al entorno familiar no solamente estos aprendizajes y seguridades afectivas iniciales, sino también, como luego tendremos ocasión de examinar en el caso de España, la legitimidad para decidir sobre la formación moral y religiosa del menor.

   Por José Javier Castilla. Notario. Con la autorización de www.fluvium.org
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