ORDEN EN EL AMOR

 
Los diez mandamientos de la Ley de Dios se resumen en dos: Amar a Dios sobre todas las  cosas y al prójimo como a uno mismo.
 

Luego, debemos amarnos a nosotros mismos. Pero bien entendido que una cosa es ocuparse de uno mismo –llevando una vida sana y saludable, evitando riesgos innecesarios…-y otra es ese desorden que hace nos consideremos el centro de todo, que hagamos girar todo a nuestro alrededor, que solo nos interesen las cosas que nos benefician, que queramos que todos nos alaben, que alimenten nuestro ego. Alguien dijo que hay personas tan pobres que solo tienen dinero. No es malo en sí tener dinero; pero la persona humana puede tener otras cosas que la enriquecen más como persona.

Llevando el tema a la vida ordinaria, a lo de cada día, también el amor al prójimo debe tener un orden. Ser conscientes que, lógicamente, ese orden tiene una evolución, va cambiando. Claro que tenemos que amar quien vive a miles de kilómetros de nosotros y que probablemente no veremos nunca –faltaría más, ,es hijo de Dios  igual que nosotros- pero me refiero a las personas que nos rodean a diario: familia, compañeros de trabajo, vecinos…

¿Qué pasa con la familia? Pues que cuando formamos una familia, ese “nidito” en el que nacen los polluelos, éstos crecen y llega un momento en el que abandonan el nido. Lo abandonan para, – de la forma que sea- formar su propio hogar y ahí es donde debe estar su primer amor. ¿Y qué pasa con los progenitores?  Porque el orden de los amores de sus hijos se ha modificado. En el amor ha pasado a ocupar el primer lugar su cónyuge e hijos, si los tiene. Pasar a ocupar en segundo puesto requiere generosidad y desprendimiento. Y este desprendimiento, para algunas personas, resulta costoso y difícil de asumir ¿Por qué puede ocurrir esto?  Pues porque se parte de errores graves de concepto. Si tenemos claro que nuestros hijos son solo eso,  nuestros hijos, y que nosotros no somos sus dueños no habrá ningún problema a la hora de que el dinamismo de la vida cambie nuestros roles. Es más, estaremos encantados de que nuestros hijos sean capaces por si mismos de solucionarse la vida y de que ya no nos necesiten como en tiempos pasados.

No seríamos buenos padres si obligáramos a nuestros hijos a elegir entre su nueva familia y nosotros. Si hay orden en el amor, no solo no son incompatibles sino que se complementan y enriquecen mutuamente.

Algo parecido ocurre con los hermanos. Lógicamente hay diferencias entre ellos y estas se pueden acentuar al incorporarse a la familia cuñadas-cuñados. Si hay respeto a que cada uno organice su vida según su leal saber y entender, si hay alguna diferencia, no pasará de ser un pequeño roce que lleva consigo toda convivencia, porque el cariño de hermanos no permitirá que vaya a más. Podemos aplicar el dicho: “cada  uno en su casa y Dios en la de todos”.

Con el resto de la familia:  abuelos, tíos,primos… que cada uno ocupe su lugar.

Hace unos días en un programa de TV decía un psicólogo infantil, a modo de comentario jocoso,“se dice que se tarda dos años en aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”. Pues, ¡hala!, que algunos ya debíamos haber aprendido a callarnos.

En el trabajo pasamos casi un tercio de nuestra vida. Nuestros compañeros/as no son personas perfectas, tienen defectos y debilidades –casi los mismos  que nosotros -, y hay que       convivir con ellos. San Agustín daba un consejo que es siempre válido: “procurar adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”. Seamos positivos, veamos el lado bueno de las cosas – que lo tienen – nuestros compañeros/as en mayor o menor grado. Demostrémosles nuestro afecto. Una manera real y práctica de  demostrar ese afecto es evitar los reproches y vivir nosotros las virtudes humanas que tiene todo hombre de bien:  amabilidad, laboriosidad, paciencia, fortaleza… Tengamos el amor y la valentía de ayudar a corregirse a algún compañero de la forma que debe hacerse: a solas, con cariño, sin humillar, poniéndonos en su lugar …, seguro que si lo hacemos así nos escucha.

Alejemos de nosotros la murmuración la envidia y el resentimiento.

Con los vecinos – aunque cada uno vivamos en nuestra casa – también tenemos cierta relación. Debemos ofrecerles nuestra ayuda si la necesitan y ser amables en nuestros encuentros en zonas comunes de la casa. Interesarnos y manifestarlo si tienen algún acontecimiento fuera de lo normal: nacimiento de un hijo, nieto, una enfermedad …

Ser amables, comprensivos y respetuosos con las personas que nos atienden de la forma que sea.

En definitiva: que esos amores que tenemos se armonicen de tal forma que cada  uno fortalezca y enriquezca al otro. Eso hace más amable, más llevadero el camino que recorremos en la vida.

Juan Blasco

 

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