Cultivar la lectura

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Adentrarse en una librería medianamente surtida, enfrentarse con la gran cantidad de títulos publicados cada año, que sumados a otros más tradicionales hacen una montaña, es un reto para la personal capacidad de lectura y la fugacidad del tiempo disponible para el hombre moderno. Ello hace que la búsqueda entre anaqueles y expositores sea siempre una tarea apasionante a la que hay que aproximarse con algo de la mentalidad del investigador que busca un signo de vida entre materiales aparentemente inertes. Entre tanto papel impreso, que no merece la pena ser leído, de pronto, se descubre un libro o un autor que resalta con luz propia.

Familiarizarse con el ambiente que rodea al libro es un buen modo de cultivar la afición a la lectura. La visita a una biblioteca pública, el paseo a través de sus anaqueles, tiene algo que ver con la serenidad que requiere la visita a un museo, ya que reclama tiempo para contemplar, examinar y valorar lo visto; con la diferencia de que un visitante industrioso saldrá con un libro bajo el brazo, que procurará devolver antes de que venza el plazo del préstamo.

Se dice que el libro es un amigo siempre disponible, pero la amistad exige trato. Acariciar la cubierta de una obra, leer su índice, ojear su prólogo o las primeras líneas del texto, son formas de relacionarse con el libro, de iniciar ese trato. Las condiciones físicas del volumen contribuyen también a ese acercamiento:el tamaño y legibilidad de la letra, el color del papel o la calidad de la impresión, incluso el margen de las páginas, contribuyen a hacer de la lectura un placer o un martirio. En este terreno, los editores tienen mucho que hacer, y también los amigos del libro.

Se recomienda que los jóvenes aumenten el tiempo dedicado a la lectura, dedicando, dentro del currículo escolar, un tiempo a la lectura integra de obras literarias; también se recomienda incrementar el numero de bibliotecas escolares, y, en general, la utilización de bibliotecas y centros de documentación. Pero las recomendaciones, caso de ser atendidas, tardan en producir efecto: hay que actuar más de cerca.

Al ser la lectura una actividad inicialmente activa, en la que hay que poner tiempo, concentración e imaginación, la adquisición del hábito de lectura no resulta excesivamente fácil. El ideal es adquirir ese hábito/afecto al libro en los primeros años; luego, nunca es tarde, será más arduo. Aquí está la tarea de la educación para familiarizar al niño con el libro.

La selección de lecturas hace mucho; pero más eficaz es la biblioteca familiar y los hábitos de convivencia dentro del hogar: que los libros formen parte del mobiliario de la casa, más allá de su valor decorativo. La actitud de los niños dependerá en buena parte de la actitud que perciban en sus padres. Si el niño convive con libros, si ve leer a sus padres mientras su hermana mayor ayuda al pequeño a realizar su tarea escolar, seguramente les imitara; pero soportará mal que le manden leer, como si fuera una tarea enojosa, cuando el resto de la familia permanece ante el televisor comiendo unas pipas. Quizá todo comienza cuando los padres leen cuentos a sus hijos pequeños.

AGUSTÍN PÉREZ CERRADA

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