El hombre formado

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   Con mucha frecuencia oímos noticias en la tele que hay unos jóvenes que consumen demasiado alcohol, hasta llegar a la muerte; otros organizan peleas en los institutos y otros maltratan a un compañero de curso hasta obligarle a cambiar de colegio. Esto demuestra que los chicos necesitan formación.

   La filosofía nos dice que el hombre está destinado al desarrollo perfecto y armónico de sus potencias, bajo la hegemonía de sus facultades superiores, la inteligencia y a voluntad, para un auténtico desenvolvimiento de su personalidad. Por su limitación, el hombre puede perfeccionarse, y a la vez debe perfeccionarse mediante el ejercicio de la inteligencia, la conciencia y la libertad.

   Para formarse, el hombre desarrolla hábitos positivos o disposiciones del alma para obrar el bien, teniendo el bien como objetivo de sí mismo. Los hábitos de adquieren con la repetición de actos positivos, mientras que el vicio es la repetición de actos negativos.

   El hábito positivo se ha llamado ordinariamente virtud, que se puede definir como el
hábito o disposición interior hacia lo bueno, de conformidad con la razón natural.

   Podemos distinguir dos clases de virtudes: las humanas que perfecciona al hombre como tal y las teologales en cuanto su naturaleza espiritual. Las virtudes humanas son éstas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las teologales son la fe, la esperanza y la caridad. Podemos decir que cualquier persona con virtudes es más persona y está en camino de perfeccionarse según su naturaleza.

   Para adquirir virtudes, en primer lugar hay que conocerlas a ser posible con ejemplos concretos; en segundo lugar hay que aceptarlas como bienes deseables y por fin hay que llevarlas a la práctica con libertad. Practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la la templanza, templados; y practicando la fortaleza, fuertes. Las virtudes no se adquieren con facilidad, sino que requieren la repetición de actos positivos, ejercitando la paciencia.

   El ejercicio de las virtudes es el camino para alcanzar la perfección o formación del hombre. El hombre formado no solo alcanza el gozo personal de llevar una vida moralmente buena, sino que redunda de manera inmediata en a mejora de la sociedad.

   Arturo Ramo García
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