Mejorar la relación con el profesor

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   Cuando me estaba despidiendo de una entrañable profesora a punto de jubilarse que había enseñado en la escuela con cuentos y títeres a mis hijos de entre 3 y 5 años, le pregunté con curiosidad: “De tu trabajo, ¿qué es lo que te parece más difícil?”. Me respondió en seguida con mucha seguridad: “La relación con los padres”. Me quedé pensando, con un poco de tristeza…

   Es posible que te parezca que no hay mucho de qué hablar entre el profesor y tú, o que su estilo -o su fondo- te disguste, que te hayan hablado mal de su trabajo o incluso que te haya decepcionado alguna conversación que has tenido con él. Pero es necesario buscar el bien superior del hijo y eso requiere una buena relación con su profesor. ¿Cómo mejorarla?

   1. Valora lo que ese profesor está haciendo por tu hijo, por tu familia. Incluso aunque no acabara de gustarte, esa persona está dedicando muchas horas a transmitirle conocimientos a tu hijo, adaptándose a un currículo oficial, con esfuerzo y paciencia. Sería injusto no reconocerlo. Este es el primer paso.

   2. Expresa oportunamente este reconocimiento, e incluso agradecimiento, tanto directamente al profesor como ante tu hijo, tu familia y otros padres. Un sencillo gesto como una sonrisa al recoger al niño en la clase, o una palabra -¿el universal “gracias”, quizás?- pueden ayudar mucho a revalorizar la figura del profesor y reforzar su autoridad, lo cual beneficiará a todos (a tu hijo el primero). Quizás no hacen falta esos costosos regalos de final de curso al profesor que a algunas familias, como las numerosas, nos sitúan en una situación incómoda, aunque un detalle en conjunto de toda la clase al despedirse antes de que los niños pasen de curso suele llenar de alegría y motivación al profesor y unir al grupo de alumnos y sus familias. Cuando el niño es pequeño, puede ayudar animarle a saludar y despedirse de su profesor.

   3. Ve de frente y respeta su autoridad: si te preocupa algo relacionado con el profesor o con algún compañero de tu hijo, o si él tiene algún problema en la clase, encuentra la manera de comentarlo directamente con el profesor. No caigas en la crítica fácil –y dañina- en los corrillos de padres o en el grupo de WhatsApp de la clase. Aparte de seguramente resultar más eficaz para solucionar el problema concreto, evitarás alimentar el malestar y los sentimientos negativos hacia determinadas personas. Puede ayudar expresar tu disponibilidad, si es que la tienes, y ofrecerte para ayudar en necesidades concretas, pero al mismo tiempo confía en el colegio que escogiste y en el profesor que le ha tocado a tu hijo, respeta su espacio. Intentar controlar demasiado podría ser contraproducente.

   4. Colabora en lo que te pida, ya sea preocupándote de que tu hijo cumpla sus deberes y lleve a clase puntualmente los materiales necesarios o respondiendo tú mismo a sus solicitudes (firmas, trámites, entrevistas, colaboraciones,…). Personalmente este es el punto que a mí más me cuesta, en parte porque el sistema escolar no siempre prevé las dificultades para cumplirlo cuando tienes cinco hijos y también por el esfuerzo que siempre requieren las acciones concretas que expresan un servicio, un respeto.

   5. Corta inmediatamente cualquier burla o insulto de tu hijo u otra persona al profesor. Eso no significa que dejes de escuchar sus opiniones expresadas con respeto y en caso necesario, recurras al consejo número 3.

   6. Si tienes una relación con Dios, pídele por él, y para que le inspire en la importante tarea educativa que está llevando a cabo.
   Es verdad que los padres y las madres a menudo nos quejamos con demasiada ligereza y somos exigentes. Perdón, profesores, por las veces que no valoramos lo suficiente todo lo que hacen por nuestros hijos, por nuestra sociedad. Perdón por la falta de empatía, colaboración, agradecimiento,…

   Nadie es perfecto y pasa muchas veces que cuando menos perfectos somos nosotros mismos, más perfección exigimos a los demás.

   Y sobre todo, gracias. Por su paciencia con los pequeños… y con los mayores. Por su sonrisa, tanto por la mañana cuando los dejamos con ustedes bien pronto como por la tarde, cuando llevan horas corrigiendo, enseñando, jugando,… a esos traviesos que se las saben todas, bien que lo sabemos nosotros que los tenemos en casa.

   Gracias por su atención a cada uno, por su esfuerzo para que se integren en el grupo, por su formación e ilusión, por su creatividad para transmitirles conocimientos, hábitos, valores, buenos sentimientos,… ¡Es admirable cómo les quieren los pequeños, con qué orgullo les nombran y con qué ilusión les saludan cuando les ven por la calle!

   Quizás no les transmitimos lo suficiente cuánto reconocemos su misión, que es una verdadera vocación, que nos permite a los padres diversificar nuestras actividades, enriquecernos y coger aire para llevar a cabo con acierto, fuerza y alegría la que probablemente es la tarea más importante de nuestra vida: educar a nuestros hijos.

   Patricia Navas. Oroginal de http://www.es.aleteia.es
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