CEGUERA ESPIRITUAL

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La ociosidad se dice que es madre de todos los vicios, mientras que la actividad, noblemente ejercida, mantiene limpia la mirada para que el corazón pueda amar, para mantenerlo joven, ensimismado en la contemplación de tanta y tan variada belleza creada, lo que nos lleva `por vía espiritual a intuir la belleza, la bondad, y el amor de Dios Creador, que todo lo ha puesto a los pies del hombre su obra máxima, para su felicidad y para que, a su vez, la trasmita a sus semejantes.

Todo lo que nos rodea es fruto de la actividad de Dios, trabajo de Dios, opus dei.

Dios trabaja para crear y mantener lo creado, y nos ha trasmitido esa capacidad, la de trabajar, en nuestro caso, para el bien de la sociedad en la que nos movemos, haciéndonos colaboradores suyos, luego es evidente que el trabajo, es un bien en sí mismo, no un castigo. Hasta un ciego haría suya esta realidad. Pero, ciegos espirituales, hoy día, hay más de los deseables.

También se dice que el diablo es más sabio por viejo, que por diablo. Y su influencia y poder, evidente en todos los tiempos, induce en los hombres cegueras espirituales para que no vean lo esencial: la belleza de la Creación y a través de ella, el rostro amable del Señor, de Cristo, presente en todo lo creado, como en las vicisitudes propias de las vidas ordinarias de los hombres.

Muchos hombres no están ciegos del todo, pero, o tienen una fe muy débil, o una mirada incapaz de intuir las consecuencias de conductas que por ignorancia o maldad parecen trabajar para el diablo. Igualmente, muchos cristianos apenas se dan cuenta de que no vivir como tales, es colaborar con el mal, a través de sus obras y malos ejemplos.

Y todos ellos, parece que, no lo han sabido nunca o lo han olvidado, que son inmortales y que al final de sus vidas, hay un juicio, definitivo e inapelable.

También por los años, pienso, que no está de más ir recordando estas cosas, porque, al fin, es de sabios rectificar, y la Iglesia católica nos provee de los medios necesarios para volver al buen camino, si nos hemos extraviado, entre ellos, el sacramento del perdón. Ahí, en la confesión, nos espera, pacientemente, Dios, que siempre desea perdonarnos, si nos arrepentidos de verdad.

Antonio de Pedro Marquina

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