Dar al dinero el valor que le corresponde

 

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Llevamos un tiempo que en nuestra sociedad la idea del beneficio por el beneficio se ha instalado entre nosotros, no dejando espacio a otros ámbitos. Valoramos al adinerado aunque se trate de un genuino patán, y despreciamos al modesto doctorando que come en casa de sus padres porque su beca no le llega a fin de mes. Medimos al prójimo por lo que tiene, no por lo que es, en este mundo infectado de narcisismo y postureo.

Por si fuera poco, los acaudalados de ahora ninguna relación guardan con los mecenas de antaño, salvo contadas excepciones. A diferencia de los que desinteresadamente posibilitaron las grandes obras de arte o literatura durante siglos, que no perseguían más remuneración que la estética o intelectual, en la actualidad ha cobrado forma la detestable tendencia de emplear sus cuartos para saciar vanidades y complejos de inferioridad. No es infrecuente en este tiempo que por medio de una simple transferencia se provea una transfusión de cultura o prestigio académico a la vena del donante, para un escarnio general que cursa con discreción y disimulada ironía por temor a quedarse lejos de la corrección política que lo permite y aplaude.

Campanella sentenció ya en 1623 que “las riquezas hacen a los hombres insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, faltos de amor y presuntuosos en su ignorancia”. Y no digamos nada cuando no proceden de sudores propios, sino ajenos.

Dar al dinero el valor que le corresponde, el gran reto pendiente de nuestros tiempos y que tanto urge.

Jesús Domingo Martínez

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