EL HÁBITO NO HACE AL MONJE

Hay unos momentos en la vida de muchos hombres y mujeres, en los que se plantean, a partir de su fe en Dios, la decisión definitiva de entregarse a El hasta el final de su vida, para amarle, alabarle, servirle y adorarle en todas las circunstancias. El amor y servicio a los demás, vendrá después.

A partir de esos momentos, la entrega a Dios se va concretando en el camino de una vida sacerdotal, eremítica o la pertenencia a una Orden religiosa junto con otras personas que han sentido y pensado de modo parecido. Si se vive con sinceridad total, es una vida plena de felicidad, la que buenamente se puede alcanzar en este mundo, que llena el corazón, la inteligencia y la voluntad de la persona que ha tenido el valor y la generosidad de tomar esa decisión comprometedora y mantenerla para siempre con la ayuda de Dios.

Pero hay que mantener esa generosidad, ese servicio y ese amor a Dios y a las personas con las que se convive de modo permanente, superando cualquier tendencia al desfallecimiento, a la tentación diabólica externa y a las diversas atracciones placenteras que, antes o después, se presentan en toda vida humana.

Cada Orden religiosa de vida consagrada a Dios, tiene unas reglas que ha establecido su Fundador o Fundadora, para el funcionamiento óptimo de la Orden y que el Superior existente en cada momento, debe velar por que se cumplan con buen talante y buena voluntad, aceptando el sacrificio que sea necesario por parte de las personas que han tomado esa decisión fundamental de entregarse a Dios en el estado religioso.

Con ocasión de la terminación del Concilio Ecuménico Vaticano II, se desencadenó una reacción de rechazo generalizada por parte de muchas personas consagradas a Dios en el estado sacerdotal o religioso, hacia los sacramentos, la liturgia católica, las creencias doctrinales, y los modos de vida religiosos que aún perduran en estos primeros años del siglo XXI.

Bien es verdad que esa virulenta y grave reacción de rechazo generalizado, se ha ido mitigando en gran parte, pero aún se mantienen demasiadas secuelas, sobre todo indisciplinares que permanecen en el tiempo, como si carecieran de importancia.

Entre esas secuelas negativas está el hecho de prescindir del hábito propio de cada Orden que la identifica ante las otras y ante el mundo, hecho que se mantiene por muchos religiosos. La pregunta es: ¿lo hacen con permiso explícito de los superiores o con el tácito de dejarles hacer, para no enfrentarse con los interesados? Y si es con su permiso, en este caso ¿han modificado las condiciones de vida de los religiosos en sus Constituciones para no tener que exigirles el hábito correspondiente como exige el Código de Derecho Canónico en su artículo 284?

Es verdad que el hábito no hace al monje, pero sí que contribuye a proclamar su condición religiosa como reclamo para otras personas débiles en su fe o con dudas o como despertador de inquietudes en las otras personas que las conocen o se relacionan con ellas.

Pienso que a Dios le agrada que todos cumplamos lo que ordena la Santa Madre Iglesia en ésta y en todas las materias objeto de su maternal preocupación. Lo otro, el incumplimiento de aspectos aunque no sean fundamentales pero sí importantes, son pequeñas raposas que dañan la viña del Señor y a las personas que no los cumplen.

Dios espera y nos pide a todos los creyentes, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, que seamos fieles en las cosas pequeñas. El mismo Jesucristo en la parábola del administrador infiel nos dice: “Quien es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho” (Lucas. 16, 10) Y también dice: “Respondió el amo: Muy bien siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor” (Mateo, 25, 23.)

“También en lo pequeño se muestra la grandeza de alma… Por eso, el alma que se entrega a Dios pone en las cosas pequeñas el mismo fervor que en las cosas grandes” (San Jerónimo, Epístola, 60)

Porque fuiste -fiel en lo poco- entra en el gozo de tu señor. -Son palabras de Cristo — –¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan? (Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 819) .

Roberto Grao

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